domingo, 12 de octubre de 2014

Competencia



La tensión se le acumulada en los músculos de las piernas, en los brazos, el cuello, en todo su esbelto cuerpo, esa sensación le hacía sentir como una bala a punto de ser disparada, solo hacía falta que el martillo dé en el punto exacto del detonador, y ya nada lo detendría, claro, en este caso, él era una rara especie de bala en traje de baño que, desde el puesto de largada, esperaba a que el silbato diera la señal para lanzarse al agua, y dar así, todas las necesarias brazadas, hasta conseguir el ansiado primer lugar del Campeonato Intercolegial de Natación, por el cual tanto se había preparado desde hacía más de un año.
Desde el graderío, un ruido confuso de voces se escuchaba alentando a los diferentes competidores que, junto a él, se disponían en los diferentes andariveles y que, como él, adoptaban posiciones previas a la señal que marcaría el inicio de la competencia.
El agua estaba clara, como la mañana. La supuso ligeramente templada, por los leves vapores que en la superficie, casi inmóvil, se observaban. Los ligeros destellos de luz reflejándose en las ondas diminutas de esa larga piscina lo ayudaban a concentrarse y lo invitaban a sumergir su cuerpo en ese medio que, para él, era la posibilidad certera de liberarse del peso y flotar como lo hacen los cóndores en las alturas del cielo.
La tensión se acumulaba no sólo en su cuerpo sino en el ambiente y los segundos se hacían horas interminables.
Miró a ambos lados y solo vio un grupo de jóvenes que, a diferencia suya, no llevaban un traje de baño nuevo, es más, ninguno de ellos llevaba traje de baño, nuevo o viejo, todos usaban los shorts de los uniformes de educación física de sus respectivos colegios, que a diferencia del suyo, eran instituciones del Estado.
De entre todos él era el único rubiecito de ojos azules, el resto ostentaban su piel oscura y cobriza, sus rasgos fuertes, labrados en piedra, todos, a simple vista, indicaban su descendencia indígena y humilde, él era el lunar blanco de esa competencia, el niño lindo de los bucles de oro.
En ningún pecho, a no ser el suyo, esa medalla cobraría su valor verdadero, adquiriría su verdadero sentido.
Sus compañeros y compañeras de estudio, todos y todas tan lindos como él, tan perfumaditos como ninguno, lo alentaban y estimulaban, Él los escuchaba, incluso sobre el griterío general. Todos lo aclamaban, en especial el grupo de sus amigos más íntimos, quienes llevaban al cielo su nombre. A todos les sentía como a su espalda, y distinguía claramente los tonos de voz de cada uno de ellos.
En el punto más alto de la espera y la tensión, sonó por fin el silbato, y sin pensar en otra cosa que en su medalla y la gloria, se arrojó al agua en un clavado perfecto, sintió junto a él los otros cuerpos ingresando a la piscina, rompiendo el agua sin delicadeza, soltó el aire que había contenido en sus pulmones al salir a la superficie e iniciando con la derecha, marcó el ritmo de las brazadas con que aseguraría su sitial en el podio de los triunfadores.
Una, dos, tres brazadas, soltar el aire, una, dos nuevas brazadas más, respirar.
En el fondo de la piscina una larga línea azul de baldosa le indicaba el rumbo correcto a seguir, para él eso no era ningún problema ya que sus anteojos de natación se lo permitían de la mejor manera.
Entre brazada y brazada, y en lo que podía mirar, no veía a nadie a su lado, sabía que iba primero, esa era una certeza que no tenía lugar a ser rebatida, además, se lo confirmaban sus amigos, ya que cada vez que sacaba la cabeza para respirar los escuchaba, como a su lado, gritándole, apoyándole, exigiéndole mayor velocidad, más concentración.
De seguro llevaba a alguien muy pegado a él ya que ni bajo el agua dejaba de escuchar su nombre y el aliento que desde el graderío le propinaban sus compañeros.
Apretó el ritmo de las brazadas. Su corazón iba suelto como un leopardo en la sabana africana, tras la presa del día. Nada ni nadie podrían ya detenerlo e impedir que sea suya aquella medalla, la cual engalanaría la vitrina en el recibidor de su casa de campo, junto a la otras medallas y trofeos, los más de su padre, mismos que en poco serían superados por los que él obtendría, si continuaba al paso que iba, pues a su juicio, serían muchas las victorias por alcanzar en lo que le resta de vida, para sus cortos 16 años.
Llegó al extremo de la piscina y giró con precisión milimétrica, cada uno de sus movimientos habían sido repasados hasta el cansancio. Tardes enteras con amigos y amigas habían tenido que ser sacrificadas para lograr su objetivo, y lo hacía bien, nadaba como un delfín, el agua era su medio y ya había cubierto la mitad del recorrido, y a pesar del esfuerzo y la tensión, sabía que mantendría la velocidad y el ritmo de las brazadas hasta llegar a la meta.
La cadencia de respiración se había incrementado, lo sentía, pero no importaba, la adrenalina en su sistema era la mejor aliada.
La situación continuaba igual que antes, cada vez que podía, intentaba distinguir a su lado si venía algún otro competidor. No veía a nadie.
Debía ir por media piscina calculaba, y los gloriosos vítores de triunfo los escuchaba claramente desde el lugar donde se encontraban sus amigos.
Sacar fuerzas de donde, ya casi, no le sobraban, era ahora la tarea. La prueba era corta. Lo sabía. Pero exigente. Por ello requería la máxima potencia de su cuerpo.
Quería llegar primero y lo estaba logrando. Quería imponer un record, dejar a todos a mitad de piscina, llegar solo sin que nadie le pise los talones.
Comenzó a bracear con mayor rapidez.
Era corto el trecho que le distanciaba de la meta, un último esfuerzo, y su deseo se cumpliría.
Estaba tan concentrado en dar esas últimas brazadas, brazadas sucesivas, una tras otra, y a buen ritmo, que no sintió aquella mano que detenía, desde su cabeza, el avance hasta la meta, sino, hasta que se percató que por mucho que braceaba no avanzaba ni un solo milímetro.
Se detuvo. Sacó la cabeza del agua. Lentamente los pies toparon fondo. Se incorporó, y sin entender que estaba haciendo en su carril uno de los competidores, miró en todas las direcciones, sus compañeros lo seguían vitoreando, los que podían claro, el resto reía a carcajadas, en el agua sólo estaban él y ese otro muchacho, que con una amplia sonrisa le dijo
-Amigo, se adelantó a la largada- y cruzándole el brazo por sobre los hombros lo invitó a salir y volver al punto de partida.

Frente a él, el resto de competidores, todos estaban aún en sus puestos, esperándolo, esperando la señal de la largada.

A las sombras del Bolívar



Recostado sobre sus ochenta y tantos años empezó a evocar aquel pasaje de su vida que brotaba a borbotones desde un lugar impreciso de su memoria  y cual si fuera un torrente incontenible, todo lo que consigo acarreaba, al cerrar los ojos, se hacía cada vez más vívido e incluso tangible… lo volvía a vivir.
Como fuente de agua cristalina en medio de un desierto, de la nada, surgían los, hasta ese instante, olvidados recuerdos yacentes en algún archivo oxidado de la memoria, y allí los veía ejecutándose, con tanta nitidez que parecería que fue ayer, cuando todo ocurrió.
Aquellos acontecimientos, hasta hoy relegados al inmanente olvido y que junto a mil recuerdos más dormitaban la agónica resaca de lo que ha sido y jamás volverá a ser, enredada en la telaraña de los intrincados recodos de la escorpiona memoria ahora saltaba a la luz como una pantera, como una fiera que por largo tiempo se mantuvo al acecho, entre las sombras de un tupido follaje, esperando alerta, el instante en que puedan clavar sus largos y filosos colmillos hasta el alma de su predilecta presa, con tanta precisión que nada podía, al parecer, evitar la arrolladora fuerza de este embate.
Frente a la potencia de estas repentinas apariciones, no tenía otra elección que rendirse, entregar el cuerpo laxo que yacía en la cama de un hospital cualquiera, donde los médicos y enfermeras luchaban por alargarle la vida hasta más no poder, hasta el límite último de sus fuerzas.
Gran cantidad de tubos entraban y salían de su cuerpo cual si fueran raíces parásitas sobre un árbol centenario, todas estas canalizaciones lo mantenían a salvo de cualquier cataclismo que pudiese descuajarlo súbitamente y conducirlo a su final descanso en al suelo.
A esta hora se sentía ya tan lejano de todo. Perdido entre sus recuerdos y el presente no se inmutaba con la delgada línea de luz que perezosa se colaba desde el amplio ventanal cubierto por una delgada cortina, verde monótono, estampada con una que otra figura que debían ser hojas o peces, cómo saberlo, si apenas le alcanzaban los ojos para contemplar lo que estaba volviendo a vivir.

David, como siempre, fue quien tuvo la brillante idea que todos aplaudimos por fabulosa e insuperable, en especial José “Pepito”, quien siempre fue, algo así, como su mano derecha, su confidente y hasta hermano en travesuras.
Tras ir con su novia de turno al cine le asaltó aquella idea. De la nada le cayó encima como un relámpago en la espesa noche de sus cejas, y como siempre, una vez asida por las luces de su intelecto maquiavélico sabía de sobra que no estaría tranquilo hasta no ver cumplida a cabalidad la portentosa maquinación, poblada de tramas y tramoyas, que había  fabulado por completo, de “pi a pa” en un segundo, y que el destino le había impuesto como su nueva meta.
Quien podría suponer que a David se le alumbraría la testa a la hora del romance mientras confundía sus manos con los pechos de su amor juvenil en uno de aquellos cines que para hoy, a duras penas se ven en postales viejas, en crónicas de historia antigua, o si al caso, usurpados de su realidad destinados a rituales de algún culto, transformados en altares, olvidando por completo a los miles de amantes que albergó y a los fantasmas de celuloide que, función tras función, les arrebataban suspiros, gritos, aullidos y hasta lagrimones que rodaban sin vergüenza en la oscuridad de aquellos lugares de culto, refugio, fuga y cándidas caricias.

En Concepción, por casi una eternidad, o toda una vida que es lo mismo, existió una única sala de cine, templo que fue la puerta abierta al mundo, a las pasiones prohibidas y los sueños, pero especialmente, fue el espacio predilecto donde supimos esconder, de las lenguas de todos, aquellos amores púberes que a ratos nos congestionaron la existencia y nos aflojaban las lágrimas, los huesos y hasta nos desatornillaban el alma e iban llenado de a poco, con buena letra o con garabatos, las hojas en blanco de la bitácora de la vida de cada uno de nosotros.
En aquella época el cine era un universo de ensueño repleto de titanes hercúleos y divas bellas que a todos nos conmovían los agujeros del espíritu apenas empolvado de vida, sueños y esperanzas, aquel fue el tiempo donde todo era posible, y no hacerlo era una afrenta al ingenio individual y colectivo, aquel fue el periodo de nuestras vidas donde se pusieron a prueba las más finas hechuras de cada uno y la resistencia de un mundo donde siempre hacía sol y olía a tierra fresca, donde no importaba el clima, donde siempre era primavera y los brazos de los padres alcanzaban para todos y siempre estaban presentes.

No había mucho que hacer en los cortos veranos de las vacaciones del colegio, a no ser las rutinarias actividades de casa, soportar a las madres con sus griteríos, las lecturas, los “arregla el cuarto”, “báñate”, el hacer eso o lo otro, el ayudar a los padres con lo uno o lo otro, ir de compras al mercado y claro, entre orden y orden darle un poco de calor a los juegos, al fútbol, o de preferencia a salir en jauría a matar el tiempo, eso sí que a todos nos encantaba, en especial cuando realizábamos algún desarreglo sin pretender daños a nadie, sin malicia, solo por molestar y pasar bien un rato, para así poder reír a manos llenas, agarrándonos las panzas para evitar que reviente de tanta carcajada fuera de su cauce.
Reír siempre ha sido fantástico, en especial con la boca abierta, a no dar más, corriendo el riesgo de zafarse las mandíbulas de la simple y total alegría que se hace lágrimas en los rabillos de los ojos de todos. Reíamos hasta decir basta del dolor en el abdomen y así, a pesar de todo, continuábamos riendo hasta la demencia y un poco más allá, tal vez, siempre era posible, gracias al placer de haber pasado un buen rato junto a quienes tanto se ha querido.
De aquella época, una de tantas maldades fue la que jugamos al Gordo Peña, el mejor panadero, jugador de naipes, borrachín, mentiroso y embaucador que jamás conocería Concepción, pueblos, anejos y caseríos a la redonda; una tarde de tantas en un verano cualquiera.
Tres sábados consecutivos lo seguimos en turnos previamente designados al cine para comprobar, si era cierto, lo que contaban los enamorados del amor, refugiados al oscuro, de aquella sala confidente de sus besos; que a la función de la tarde el Gordo iba a como diera lugar, y siempre se sentaba en el mismo sitio, cual si lo hubiese tenido reservado, quién sabe, si ya hasta por costumbre o por que allí solamente podía caber su descomunal trasero de batea.
Los tres sábados que lo esperamos llegó puntual a la cita, y como lo habían anunciado aquellos enamorados cinéfilos de entonces, el Gordo llegó, como siempre solo, con su mofle a cuestas, cual tambor de feria, y fue, tras saludar a don Celso, el de la taquilla, directo al baño, a refrescarse y limpiarse el eterno sudor que le poblaba la cara, y de seguro, de allí saltaría a su reservado espacio en el que, por lo regular permanecía aislado de todos durante el tiempo que duraba la proyección, ya que para llenar aquella sala de cine, se tenía que meter al pueblo entero, incluyendo al odioso cura que siempre andaba castrando las mejores escenas que solo él y don Celso podían ver antes de la premier de cualquier película.
Cuando todo estuvo listo y planificado lo echamos a la suerte y salimos premiados, Gerardo, el cuico Ricardo, David, que como capitán araña del grupo no podía faltar, y yo. La tarea era simple, ir el siguiente sábado a la matiné y desatornillar todas las tuercas a la fila donde el gordo se sentaba rutinariamente en su centro y listo.
El siguiente sábado llegó sin ninguna prisa, la vieja me encargó al “Negro” Carlitos, mi hermanito menor, pues ella y papá se irían de viaje a visitar a unos amigos a un pueblo cercano, así que, con todo y el encargo que no dejaba de molestar a cada rato, con “cómprame eso”, “quiero eso” o “dame aquello”, el trabajo en tinieblas fue cumplido a satisfacción, y claro, me costó un buen par de turrones convencer al “Negro” que no dijese nada en casa, ni a nadie obviamente, de lo que habíamos hecho en el cine aquella tarde.
A pesar de que ya nos sabíamos de memoria la trama de la película que habíamos visto hasta el cansancio en las turnadas guardias para vigilar al “Gordo”, o para hacerle el trabajito a su asiento. A la funcuión acudimos todos puntuales y desentendidos del mundo que nos rodeaba.
Desde la taquilla vimos venir al “Gordo” con su pasito lento, su pantalón azul y su camisa blanca de uniforme diario. Nos saludó. Lo saludamos… y nos mordimos los labios para no reventar en carcajadas por un episodio de pronóstico asegurado, en especial, cuando veíamos a aquel armatoste que, por su propia boca, se aproximaba a morder un delicioso anzuelo que habíamos cebado y que simplemente esperaba a que él se comportase a la altura de las exigencias.
Entramos a la carrera, casi atropellando a los pocos que se interponían en nuestro camino, para así ganar un buen lugar y ver el espectáculo que se anunciaba en grandes carteles. De esa manera fue como aseguramos, para la gallada, una fila completa, una tras la acostumbradamente reservada al “Gordo”. Nos acomodamos en la impaciencia de los segundos, mientras llegaba mansamente, con su siempre agitado y sudoroso paso de tortuga, el mejor panadero, jugador de naipes, borrachín, mentiroso y embaucador que nuestro mohoso pueblo jamás conoció.
No fue muy larga la eterna espera, hasta que por fin el “Gordo” apareció en el interior de la sala de proyección tras su habitual visita al baño.
Con pasito apretado, lento y pesado, como solo él, mastodonte antediluviano se empecinaba en continuar caminando sobre este mundo. Larga fue la contemplación de su transcurrir sobre la alfombra roja que yacía entre los asientos forrados de un falso cuero azul, lo vimos aproximarse, desplazarse, nadar, flotar, hasta llegar y detenerse frente a aquella silla que su enorme culo conocía de memoria, ese majestuoso culo y todo el peso que implicaba lentamente iniciarían el descenso que daría inicio a la mejor obra que se pudiese presentarse en Concepción, ese, para nosotros, majestuoso día.
Con el corazón en vilo lo vimos, parado frente al asiento de siempre, su asiento, y darnos confiado la espalda, descender lento el andamio completo de sus carnes, y en eso, que nos apagan las luces y se escucha el enorme estruendo de la fila entera que cae, como un relámpago en la noche, y que retumba en las cuatro paredes, sumado todo esto al quejido del “Gordo” al chocar contra el piso, y enseguida las más solemnes y rebuscadas puteadas contra todos, padres, hijos y espíritus santos, mandando a la mierda incluso a la santa madre que lo había parido; y nosotros sin poder más de la risa, al igual que los pocos pelagatos y enamorados presentes en aquel circo de una sola pista.

Por sobre los tubos por donde entraban o salían líquidos vitales. Las sábanas blancas. El insoportable olor a limpio de aquel lugar. Las tímidas líneas de sol madrugador que burlaban los largos faldones de la verde cortina se derramaban sobre la cama y mostraban la geografía de su cuerpo protegido del frío. Sus ojos se perdían en los montes y valles de la cobija mientras en su rostro se esbozaba una sonrisita cómplice con los recuerdos que ya no podían hacerle daño.
Pero aquellos recuerdos diáfanos que se le seguían escapando sin ton ni son, se le iban incontenibles como el agua entre las manos, no los podía controlar, e incluso, de vez en cuando, y se materializaban en lagrimones tibios que rodaban por las arrugadas patas de gallo, que los años le habían regalado, hasta dar con la blanca almohada donde descansaba su cabeza de ralos cabellos canos.

Fue durante el verano en que murió el abuelo de Pablito y que a todos nos puso en jaque la maldita jugada que el destino deparó a aquel viejo lobo de mar y sus cinco compañeros de faena, tras lo que a Pablito no le quedó otra que aprender a ser dos veces huérfano y a hacerse hombre serio a destiempo.
Aquel verano, con una maleta prestada, donde apenas cabían sus ilusiones, Pablito se largó para siempre del pueblo, en uno de aquellos autobuses azules que venían una o dos veces por semana, mientras nosotros seguíamos armando líos, picando pleitos y aprendiendo a liar nuestros primeros grandes sueños entre cigarrillos y alcohol en las noches de frío y nevada, que eran, en las que su ausencia pegaba más duro, especialmente en los estériles acantilados frente al mar.
Pablito era como el hermano menor de todos, se fue sin decir nada a nadie, y no supimos de él, sino, hasta varios años después, cuando en una de tantas vueltas que dan los caminos, nos encontramos cara a cara, y a duras penas nos pudimos reconocer y hablar en un café de la gran ciudad, en una esquina lejana a todo lo que nos vio crecer y nos nombraba.
David había ido a escondidas de todos al cine con su novia, la Verito, para evitar el papelón de soportar las burlas que le hubiésemos montado. Al terminar la película, entre las lágrimas de su amada, y las lagrimas de las amadas de tantos allí dados la cita, estaba calculando ya una nueva proeza que se le había ocurrido así, de repente, sin más, mientras veía aquel largometraje que hace unas semanas había causado sensación, según la prensa que escasamente llegaba los viernes en uno de aquellos colectivos azules.
Un domingo, tras el partido de fútbol, en la cancha del colegio, ahogados aún por el esfuerzo, nos contó su idea. Para variar, nos alucinó la genialidad de la misma y fue así que pusimos manos a la obra de manera inmediata.
Tendríamos que ir temprano a ver aquella película que habían estrenado hace no más de tres días donde don Celso para ganar los mejores asientos y así no perderse un segundo de aquella historia, que el celuloide ponía a nuestra completa disposición, así que para poder hacerlo bien teníamos que iniciar los preparativos de inmediato.
Todo lo que teníamos que hacer era esperar a que cayera la tarde e ir a los acantilados por una gaviota y san se acabó.
Tras misa de cinco, y soportar estoicamente la letanía del cura Manuel y su extranjera lengua que arrastraba más eres que un coche destartalado y que siempre anunciaba los cataclismos que traería en sus bolsillos don Sata a los hombres y a los pueblos que no se apeguen fielmente a la doctrina estipulada en el Santo Libro, organizamos la riesgosa expedición hacia los acantilados, esta vez fuimos todos sin excepción, para así cubrirnos las espaldas de cualquier imprevisto que pudiese acaecernos.
El acantilado quedaba, como hasta hoy, a algo más que dos kilómetros del pueblo, claro en ese entonces despoblado de las lujosas mansiones que lo han privado del encanto agreste que antes lo hacían único en el mundo.
El camino lo hacíamos a lomo de bicicletas, por lo cual el trayecto lo cubrimos en menos de quince minutos, al llegar, cada quien se dirigió a los lugares previamente dispuestos, tras acordar que, cuarto para las ocho, como tarde, todos nos reuniríamos nuevamente en el lugar donde abandonamos las bicicletas dispuestos a hacer lo mejor que se pueda para que la operación, casi militarmente pensada, salga de acuerdo a lo planificado.
A pesar de que Guillermo era un as para atrapar cualquier bicho, bien sea vivo o muerto, y que gracias a su habilidad, solo él nos hubiese bastado para culminar con éxito la empresa, decidimos formar dos grupos y nos lanzamos a la cacería sin muchas discusiones ya que el tiempo apretaba y los vientos anunciaban frío para la noche, y como se había acordado, todos debíamos estar presentes a las nueve en “El Bolívar”, hora de la última proyección.
El mar chocaba con toda su fuerza empujado por el viento norte contra las murallas imbatibles del alto despeñadero en aquella temporada, el sol bajaba apresurado entre sus naranjas rayos a dormir en su cuna oceánica, a esa hora eran escasas las aves que volaban sobre las olas, la mayoría debía ya estar esperando la noche guarecidas al abrigo de sus nidos, lo que facilitaría nuestro trabajo, al menos eso pensamos.
Por algunas rutas de pescadores bajamos hasta las playas escasas y no vimos, por ningún lado, una sola gaviota. Transcurrida casi una hora desde que dejamos olvidadas las bicicletas en lo alto de los farallones y perdíamos la raquítica luz que ese astro enfermo de sueño nos brindaba más allá de las olas, teníamos que regresar ya, lo sabíamos, pues en tinieblas la tarea sería en verdad cuesta arriba al ascender por las paredes del acantilado, escuchando únicamente el repetido canto de mar como una inconclusa melodía y sin saber dónde poner un pie, por lo oscura que se pone esa boca de lobos, cuando el sol se ha ocultado.
Habíamos recorrido medio camino de regreso, cuando Roque, el mejor puñete que tuvo alguna vez Concepción, vio, por suerte o casualidad, entre unas pequeñas cavernas, salir las plumas blancas de un pajarraco, la tarea no era nada fácil, pero debía hacerse.
Como a diez metros sobre nuestras cabezas en una pared vertical y tan lisa como una regla de dibujo estaba nuestro objetivo. No bien Roque señaló su hallazgo, Guillermo inició la escalada, sin importarle que a sus espaldas el mar batiese el mundo con olas de espanto que reventaban sobre unas enormes piedras negras, las que a mí siempre me han quitado el sueño, y que de llegar a caernos, podrían tragarnos a todos en un abrir y cerrar de ojos, sin que nadie pudiese hacer nada para evitarlo.
Roque con el saquillo donde depositarían el pajarraco ese, si lo atrapaban, inició su ascenso tras Guillermo. En un abrir y cerrar de ojos, el par había conquistado al menos la mitad del recorrido sin ninguna dificultad, hasta que Roque resbaló a causa de una piedra que cedió a su peso, a todos los bajo él, simples espectadores, nos dio el susto de nuestras vidas, el alma se nos alojó entre las suelas de los zapatos y los calcetines, pero como nada se estabilizó de inmediato aferrándose de quien sabe qué, esa mole era invencible y a pesar de haberse lastimado las manos, los codos y las rodillas, como luego lo comprobamos, siguió su escalada como si nada pasara, hasta culminar, asombrado de ver a Guillermo como capturaba e inmediatamente devolvía la gaviota a su nido.
Guillermo siempre fue un romántico enfermizo, cuando atrapó al bicho que chillaba como un condenado a muerte y se dio cuenta que estaba empollando un par de delicados huevos, en lugar de traérnoslo, dejó todo como lo había encontrado y descendió entre los graznidos del pájaro aquel que se lanzó al vacío con sus extensas alas abiertas como un planeador, mientras, de seguro, debía decir unas palabrotas muy gruesas, en una lengua de la cual no entendíamos ni jota, solo agudos graznidos que lentamente se confundían con el rugir de la mar bajo nosotros.
Roque lo puteó, lo mandó a la mierda y un poco más lejos, gritaba más fuerte que el pajarraco que revoloteaba por los alrededores. Sin decir nada, Guillermo, bajó a nuestro lado y nos contó lo que había descubierto y el porqué de su accionar. Claro, a Roque, que le dolían las magulladuras, esas razones le importaban menos que un carajo. Sin importar nada, sin mediar más palabras quería a toda costa fajarse a golpes con el romántico que había indultado al ave sin consultar a nadie. Roque temblaba, en sus ojos se acumulaba la furia del universo. Él se lo tomó muy a pecho, en especial por su forma de pensar siempre apegada a la lógica de la conquista veloz sin importarle nada ni nadie, gracias a la que Guillermo constantemente se sentía ofendido en especial cuando le tocaba el amor propio y su fe a prueba de todo, menos de Roque, por mala del diablo, ambos siempre se llevaban la contraria, una extraña relación de amor odio, que daba por lo regular buenos resultados.
Pero para ser honestos, aquella acción de Guillermo a ninguno nos cayó en gracia ya que a fin de cuentas todos sabíamos que luego de la misión que el animalejo ese tenía que cumplir lo íbamos a dejar en libertad y regresaría a su nido, cual si no hubiese pasado nada.
Entre la incomprensión de todos, el cabreo de Roque y el silencio de Guillermo, llegamos al punto de encuentro acordado, allí nos admiró ver que David, Ricardo, Antonio y Luis Miguel, cada uno tenía una gaviota en sus manos, pero lo que más nos dolió, fue constatar que a diferencia nuestra, ninguno traía la ropa mojada o sucia, parecía que hubiesen ido a una despensa y allí lo hubiesen pedido, pagado y traído para restregárnoslas en las narices que ya empezaban a sentir el frío de esa noche.
Gerardo, quien fue con ellos se había adelantado para comprar las taquillas de todos, así que, sin perder más tiempo del perdido ya en la cacería, allí mismo escogimos al afortunado pajarraco que vendría con nosotros.
Optamos por el que se nos antojó más bello, blanco y bullicioso de todos, al resto los liberamos y regresamos sin más tardanzas al pueblo. En un santiamén estuvimos bañados, cambiados, perfumados y esperando reunirnos a las puertas del Bolívar para refugiarnos en sus sombras.
Solo faltaban Gerardo, Antonio y la gaviota por llegar, como siempre ese par llegarían tarde a todo, incluso a sus funerales.
Mientras nos desesperábamos en la espera, apareció el Gordo Peña con su delicado cuerpo de morsa y nos tendió la mano ya sin odios ni resentimientos por la mala pasada que le jugamos un par de veranos atrás y que, a costilla suya, dio mucho que hablar y reír al pueblo entero durante un largo tiempo, aun cuando eso a casi todos nos costó una inolvidable reprimenda y la prohibición de salir de las respectivas casas durante largas semanas.
El Gordo andaba de paso, no le gustaba el cine los domingos. Este es un día de guardar. Decía, allí, parado a nuestro lado, sudoroso y agitado, con su papada de elefante antediluviano. Nos acompañó hasta que llegaron el trío esperado y no bien llegaron, se perdió y se dejó ir por las calles empedradas y bañadas por la luz oxidada y mortecina de los faroles, enrumbando sus pasos hacia quién sabe dónde.
Pepito, que llevó el abrigo más grande que logró sustraerle a su abuelo fue el encargado de transportar al ave al vientre oscuro del Bolívar y que así nadie se diese cuenta de nada.
Para que no chille y nos delate antes de hora, en su casa Gerardo, que fue el encargado de cuidar del ave mientras todos fuimos a engalanarnos para la ocasión, le había envuelto en el pico una goma elástica, teniendo el cuidado necesario para dejarla respirar tranquila, pero sin posibilidad alguna de armar el barullo que metió, los escasos minutos en que fue transportada desde los acantilados hasta el pueblo.
A pesar de que ya habíamos visto la película la mañana del día anterior, no podíamos dejar de sentir las ganas urgentes de volver a la gloria de aquella historia de crímenes, amor y suspenso que nos tenía en vértigo constante.
Quién sabe si era una de las tantas de Hitchcock que, hoy por hoy, casi ya a nadie le quita el sueño, pero eso sí, recuerdo que Bárbara Bel no podía estar más bella esa noche.
A una orden de David, cuando la pantalla pintó un cielo azul enorme con un mar extenso, Pepito liberó al pajarraco tras quitarle el improvisado bozal del pico.
Un agudo graznido cruzó como una veloz sombra la luz que se proyectaba hacia la pantalla, y fue a dar a ese cielo de fantasía en repetidos intentos por liberarse del asecho de las risas y gritos que empezaron a llenar la platea del Bolívar.
En uno de tantos intentos de fuga rasgó la tela enorme de la pantalla, mientras don Celso, con un palo de escoba trataba de pegar al entrometido bicho que estaba, no solo echando a perder la función de esa noche, sino que ponía en franco riesgo futuras proyecciones.
Entre las risas de todos los que veíamos al pobre viejo corriendo, palo en mano, tras el pajarraco asustado, fuimos testigos de la mala maniobra del bólido alado, gracias a la cual don Celso puso punto final a la persecución.
Del suelo tomó a la agonizante, esbelta y blanca gaviota, y con paso firme, con un fuego clavado en sus ojos, como brasas rojas en la noche más oscura del mundo, se acercó al grupo y me entregó la gaviota sin decir nada, solo señalando para todos, con el dedo tembloroso, la puerta de salida, mientras en mis manos tras los últimos estertores y pataleos, el pajarito llegaban a su fin.

Aquel dolor se emponzoñó en su pecho más fuerte que nunca, la escasa visión que tenía de su entorno se diluía en un oscuro vértice y el constante sonido del electrocardiograma dio paso a un constante miiiiii que se apagaba en su oído a lo lejos, mientras las luces del Bolívar tendían a gris oscuro, más oscuro, y de pronto, como de la nada escuchaba una vez más el mar próximo a los acantilados que lo llamaba con un eco repetido…

viernes, 10 de octubre de 2014

Crónica de familia

A mi viejo, que calla y no cuenta las historias, todas, de una novela con sabor a querencia. 




Plácidamente descansaba en su delgada cama de segundo piso tras un día de agitación rutinaria, era jueves, y al día siguiente iniciaban los exámenes que darían por terminado el ciclo de estudios de su último año de bachillerato.
La tarde había sido entregada a las obligatorias lecturas, a los repasos de la materia en los cuadernos de apuntes, a los cálculos y las especulaciones de lo que podían ser los exámenes anunciados para el día siguiente.
Dormir era un buen recurso, en especial cuando se tenía un compromiso académico para el cual se sentía preparado. Así se había acostumbrado a hacerlo, en lugar de quemar pestañas durante la noche en repasos, que solamente lo dejarían exhausto, y con cara de pocos amigos para la dura prueba del día que vendría con la mañana siguiente.
Era la antesala de un viernes cualquiera, y en la calle los bohemios de siempre, entre ellos su hermano, uno de los tantos, el más alocado de todos, copa en mano brindaba por los dulces placeres de la vida, discípulo de Baco, no perdía oportunidad de festejar su paso por el mundo, a la hora que fuese, sin importarle en lo más mínimo el dónde, o el con quién, simplemente alineaba bebidas, brindis y sonrisas en una interminable hilera que desaparecía únicamente cuando eran consumidas, o consumadas, todas.
Posiblemente estaría soñando en los brazos de su rubia, en su enamoradita de varios años, linda toda ella de los pies a la cabeza, en sus labios de fuego, en sus buenas y malas intenciones, en cambiar la almohada por sus carnosos pechos, donde reclinar la cabeza era más que un gozo, el quinto cielo, las puertas del infierno.
Posiblemente se encontraba en lo más profundo del primer sueño, o del segundo, cómo saberlo. Cuando en eso fue despertado, o mejor aún, arrebatado con brusquedad de los acolchonados y tibios brazos de Morfeo.
La desdibujada voz lo instaba a salir a la calle, no ha festejar la vida, sino a salvar la de su hermano que, ebrio ya, se encontraba en medio de un pleito en proceso y del cual, a las claras, no tenía oportunidad de salir airoso.
Vicente, el Loco, como era ya conocido en el bajo y el alto mundo, en las avenidas, calles y recovecos, había iniciado temprano con su acostumbrada juerga. Tras las diez o doce cervezas de calentamiento, él y su grupete, habían pasado a beber como varones, como siempre lo hacían.
Habían iniciado la rutina del jueves a la salida de sus oficinas, los amigotes de siempre pasaban a buscarlo a la hora en punto, José Trinidad, el Tripa, llevaba la voz cantante y la guitarra amarga; Antonio Elear, el Gallo, su buen humor y la filosa lengua que no perdonaba nada, que no olvidaba a nadie; y el infaltable Jorge Gross, Fosforito, animoso y juguetón, encendedor de cuantas broncas y pasiones le pudiesen caber en el huesudo pecho, mujeriego y bohemio, poeta frustrado por el amor y las penas que heredó de una mujer que se le fue llevado, de a poco, el alma a la cama de un matrimonio que no era el suyo.
La desesperada voz que no podía elevarse al cielo, como lo hubiese querido su dueño, más por miedo del don, del dueño de casa y su temple, que por apego a la decencia, la moral y al respeto del sueño ajeno, le cayó como un balde de agua fría que lo sacó de una vez y sin medias tintas del sueño y la cama.
- ¡Ogro! ¡Ogro! Ernesto. Levántate, que al Loco lo van a matar en el mercado de arriba- Sentenció envuelto en un vaho alcohólico el Gallo, a quien la palidez se le reflejaba en la cara medio magullada por los golpes recibidos. – ¡Apúrate hombre!!! – Insistió con una voz mezclada entre la urgencia y el miedo, entre la desesperación y el agobio del saberse incompetente en estos casos, donde su endeble cuerpo se volvía una mierda, una masa de nervios, un impotente espectador incapaz de poner el pecho ante las balas y los golpes.
Ernesto era un buen muchacho, de esos que hay pocos, fraterno y desinteresado en la amistad, hijo amoroso, cariñoso y leal amante, deportista consumado en las canchas del fútbol barrial de las terceras y segundas divisiones, se había alzado con el reconocimiento de la prensa al obtener un buen sitial en las últimas tres competencias de natación por las fiestas de la Ciudad del Lago, por distraerse un poco le entró a la práctica de la lucha greco-romana y al baloncesto sin dejar de lado, nunca, por nada del planeta, sus estudios, donde figuraba siempre en cuadros de honor, ejemplo vivo en la lengua de los profesores y autoridades del colegio, envidiado y odiado por muchos, deseado por tantas.  
Doña Luz, su madre, un día que no encontraba que hacerse en casa, y como buscando pretextos para hacer algo, salió a dar una vuelta a las calles, por cambiarle el aire al encierro hogareño, optó por ir al centro, y de vuelta, pasar al colegio de su pequeño, de su último hijo, para con él, del brazo, llegar hasta la casa a la hora del almuerzo.
En las inmediaciones del instituto donde su hijo se forjaba para las lides que, dicen, aseguran el futuro, la doña se cruzó con los uniformados compañeros de estudio del colegio de su vástago. Airosos iban gastándose bromas entre ellos, hablando alto, como hombrecitos, enfundados en sus pantalones de tela negra, sus camisas blancas donde se balanceaba la corbata, negra como el pantalón, y el sweater verde olivo, donde la insignia del colegio iba pegadita al corazón con sus amarillos y azules tonos.
No pudo evitar escuchar mil pláticas peregrinas, en especial la de un par de mozalbetes que caminaban a su paso, a menos de una cuarta de ella, en la que uno de ellos callaba al otro, según su decir, toro bravo y canchero, con un reto que le salía desde el fondo del alma.
- Si te crees tan varón. – Le decía casi sonreído, pinchándole en lo más doloroso de la hombría. - Si en verdad eres tan macho, cáete a golpes con el Ogro, y luego hablamos.- Sentenció, y le enseñó una amplia sonrisa de luna en cuarto creciente.
Obviamente, la doña no tenía idea de quién ellos hablaban, pero pensó, que el mentado Ogro, debía ser un tipo malo, uno de los peores, de esos de barrio bajo, fichado al no bien nacer por la policía, uno de esos pobres diablos forjado a fuego, musculoso, caremalo, lleno de cicatrices, tatuajes, y quién sabe cuantas cosas más.
Grande fue su sorpresa cuando al divisar a Ernestito, a la salida del colegio, sus amigos, en lugar de llamarlo por su nombre, por el del santo al que ella lo encomendó, tras su nacimiento, le comunicaron la visita materna con un llamado que, a ella, le retumbó en los oídos.
–Hey Ogro, que tu madre te viene a buscar, cuidado si el bebe se pierde. – Las risas no se hicieron esperar, incluso la de Ernesto.
Se levantó de la cama, dejando el sueño pegado en la almohada. Salto de la litera tratando de no hacer mucho ruido, respetando el sueño de los viejos en la habitación contigua. Se vistió con lo que tenía a la mano, sin perder la calma, pues no era la primera vez que debía rescatar, a alguno, de los filosos dientes de la desgracia.
Marco, otro de sus hermanos, un santo a decir de muchos, que dormía en la planta baja de la litera, despertó mal humorado y con pastosa lengua, sin preguntarle nada a nadie, mandó a la mierda al mundo, y a los intrusos al carajo, por haberlo despertado a medias, y continuó durmiendo, sin inmutarse.
Ernesto terminó de calzarse unos tenis, agarrar un abrigo del perchero y a hurtadillas salir a la noche que lo recibió con una fría bofetada en la cara.
No era casual que a Vicente lo apodaran Loco, exiliado a fuerza de voluntad y pujanza de la cordura cotidiana, bailaba al son que le tocasen y mejor aún si, en las orgiásticas representaciones, de las cuales era actor protagónico, corría a raudales, cual leche y miel, el dulzón sabor de la caña macerada, el ron y el aguardiente.
Un año atrás, más o menos, posiblemente más que menos, había salvado su vida de milagro, cuando el tiro certero de un pistolero gringo, dizque enamorado, más por los efectos del alcohol, que de amor verdadero, le pasó rozando el corazón, desgarrándole el alma, por causa de una fulana que nadie había visto nunca, ni volvió a ver jamás.
Del gringo con carné diplomático nada se supo. Nadie supo de él más nunca, se lo tragó la tierra, se hizo humo, posiblemente gracias a lo diligentes que son los señores de la embajada, cuando les interesa, claro.
El pobre Loco, herido de muerte en lo más suyo, debatiéndose entre el ser y el no ser, entre el estar o dejarse ir, guardó cama, entre sábanas blancas, enfermeras, tubos, sueros, lavativas, quirófanos y diez mil torturas chinas más. Casi un mes permaneció hospitalizado sin ver el sol, sin festejar la vida. 
Coger cabeza con eso, ni pensarlo, dios lo libre y lo ampare, tranquilizarse y volver al mundo de los cuerdos, no, ni que estuviera loco, eso fue nada más que un descansito, una especie de tente en pie, claro, en este caso un horizontal tente en pie y aguántate tantito que para él se contaba como un respiro vacacional.
Al salir del claustro médico a la luz del sol, al viento de una tarde de verano, aún convaleciente de una casi firmada defunción, y con receta en mano, lo único que pensó fue en un par de buenas cervezas. Lástima que ese día no podría ser y quien sabe cuantos más, pues de él estaban muy pendientes, y al acecho, Doña Luz y Nora, su mujer que en ese instante iba rezagada, de la mano con uno de sus tres hijos, el Chinito, Luis, nieto predilecto del abuelo del mismo nombre.
Esa tarde luego de la acostumbrada ronda de cervezas en la fonda de doña Concha, y tras una buena tanda de canciones lloronas, como a Trinidad le gustaban, de esas que mandaban a sentar hasta a los más alegres y revolcarse en sus oscuras penas, canciones que coreaban todos por igual, todos con el alma en los labios, dejaron al viento inflar las velas de la aventura y surcaron con rumbo incierto a donde les quiera llevar la noche que acababa de anunciarse en los anaranjados pliegues del cielo.
Estaba previsto que a eso de las ocho, como tarde, en la acústica plaza de audiciones del municipio se presentarían, entre otras agrupaciones, la de la sensualota Susana y su Son, y las infaltables, bien contorneadas, talladas a mano, y bien vistas por todos los lados, más buenas que el pan, las siempre deseadas, Hijas del Mambo, era pues un compromiso fijado. Daba tiempo para ir a engullir alguna masita de camino a casa del Gallo, donde no vendría mal una apurada siesta si el tiempo se los permitía.
De donde Concha, pasaron a lo de Rosa y sus frituras de cerdo. Para chuparse los dedos los bocadillos que devoraron en un abrir y cerrar de ojos. Con las panzas llenas, quedaba asegurada una larga noche para la inagotable provisión de alcohólicas bebidas. De donde Rosa, a la casa del Gallo solo bastaba doblar la esquina. Allá se encaminaron.
Dormir en casa de Antonio, ni muertos, las ventajas de la soltería del llegado de provincia que vive solo y bien, gracias al jugoso sueldo de hijo, se imponían, dormir, ni pensarlo. El buen Gallo, descendiente de hacendados y ganaderos del norte, vivía de la pingüe renta mensual que le enviaban los padres, morando resignadamente en una de las casitas que la familia poseía en la capital, casi nada, pobre de él.
A no bien llegar, sin dejar que el frío de la noche se les salga de los hombros y la ropa, antes que el último de ellos llegue a sentarse en el amplio sofá o a tirarse en los cojines del suelo, el anfitrión ya había abierto una botella de ron, uno de los buenos, de esos traídos directamente de las tierras calientes de este planeta y lo servía copiosamente a los comensales que tenían desde esa hora ya sus ojos clavados en las piernas, las tetas y el redondo culo de las muchachas que se presentarían en un par de horas en la acústica plaza de las estrellas.
En la calle, las farolas alumbraban las aceras y el adoquín de las vías con su amarillento y enfermizo tono, muy pocas personas y automóviles circulaban ya por esa zona, no debía ser aún muy noche, pensó, e inmediatamente miró su reloj, faltaban diez para la una de la mañana.
Junto a él, desesperado, ebrio, tambaleándose a ratos, con claras marcas de combate reciente y con la ropa ligeramente sucia, iba Antonio, quien hablado, más para sí, que para nadie, lo apuraba con un relato desordenado de los últimos acontecimientos, mientras caminaba midiendo las aceras de un lado a otro.
Ernesto seguía a buen paso el zigzagueante caminar de su compañero, pero no se apuraba mucho, estaba ya habituado a este tipo de relajitos y a los apuros de borrachos en aprietos, sabía que todo esto no pasaría de ser una pelea callejera y que entre el Fósforo, el Tripa y Vicente se arreglarían bien con cuantos se les cruzasen al frente.
El ron sabía bueno, como siempre, y acompañaba de la mejor manera a mantener el ambiente de fiesta a los reunidos en la casa de la familia Elear. Bromas iban y venían, carcajadas, mentadas de madre, de todo se filtraba por los cristales hasta la calle donde moría ya la luz del día e iniciaba a reinar la humilde luz eléctrica del alumbrado público.
Había que controlar el tiempo, no sería bueno llegar tarde a la cita fijada con las muchachas en la tarima, además querían salir temprano para ganar un buen sitio en primera fila, para que, si fuese del caso, y por maldad del diablo, a una de ellas se le ocurriese caer, caiga en los brazos de uno de ellos.
El único que tuvo la dicha de refrescarse en la regadera tibia y cambiarse de ropa para salir a la noche fue el dueño de casa, Gallito, nuevo, oloroso y perfumado; el resto lo único que atinaron a hacer, fue a dejar los maletines llenos de trabajo y papeles junto con las corbatas rendidas por los suelos. Los más urgidos aliviaron el cuerpo y partieron rumbo a la seductora ruta de una virgen noche que se abría como flor, todos con una sonrisa de oreja a oreja, y dispuestos a torear el toro que les toque en suerte.
Gross y el Tripa no dejaban de tirar puyas y dardos venenosos a la elegante figura del Gallito, quien con su sangre espesa no se daba por enterado, y como ignorado, para provocar, no devolvía las galanterías a sus amigos, los ignoraba de plano, abofeteándoles las narices con su aroma a baño y colonia fina que, de seguro, era un buen anzuelo para cualquier hembra, y de las buenas.
Caminaban las cuatro figuras altivas, gallardas iban abriéndose paso por la noche, nobles caballeros de la mesa cuadrada, caminaban sosegados cruzando casas y calles, botella en mano, prestos a cualquier desafío, a luchar cuerpo a cuerpo con dragones y princesas, con princesas de preferencia. Apretados se los veía pasar rumbo a la acústica plaza municipal, confundidos entre todos, idénticos a cualquiera de los peatones que a esa hora pueblan las calles de vuelta del trabajo a sus dulces y tibias casas, o rumbo a cualquier parte, de la mano con las novias o los amantes, con los maridos del brazo.
Media ciudad se les había adelantado a su llegada. El escenario sin estar lleno del todo ya albergaba a más gente de la que ellos, precavidos caminantes de la noche, guerreros de armadura blanda, esperaban y habían anticipado en predicciones y cábalas de corcholata.
Sin perder el ánimo, ni aflojar el temple, buscaron un lugar que ofreciese despejada vista hacia la tarima, no tuvieron que andar mucho, a la derecha del tumulto que se agolpaba en las primeras filas había espacio de sobra para el grupo, que optó por sentarse en la grama hasta que los técnicos del sonido y las luces, comprueben que todo estaba a punto y dieran paso a las estrellas de la noche y sus suculentas figuras.
Dos ligeras rondas, a lo sumo, duró la botella que terminó en el vientre oscuro de un gran basurero, espantando a las moscas gordas que dormían allí dentro. Vicente, como siempre, con dos tragos arriba perdía las cortas riendas del deber, o mejor aún, las cambiaba por las largas y laxas bridas del beber, por ello al dar por muerto al ron, partió con conocido rumbo tras una nueva damajuana, quizá no tan buena como la anterior, pero respetable para él y su séquito.
Al llegar nuevamente junto al grupo, en la tarima ya el presentador oficial pedía la atención de los presentes, era uno de esos babosos que se creen semidioses por ser dueños de una carita linda de cromito de telenovela, y  por tener la suerte de posar su exiguas nalgas en los sillones frente a las cámaras televisivas donde no paran de hablar más mierda que la necesaria y se creen eruditos a la hora de aconsejar al mundo la mejor manera de llevar una vida digna, uno de esos bebitos de vanidades que matan a las quinceañeras con un lance y un pestañeo, allí con su ropita planchada y a la moda, daba lengua al micrófono anunciando el gran espectáculo que estaba por iniciar.
Los chiflidos no se hicieron esperar, y el Loco, desgraciado como siempre, agarrándose los guevos con la mano libre, ya que de la otra no se desprendía aún la botella, le gritaba al pobre muchacho que él, su padre, le iba a enseñar a ser varón, costase lo que costase.
- Maricón de mierda, que mal me cae ese desgraciado, es como un golpe al hígado, si no es por las mujeres que están buenas, me largo de aquí a casa, aun cuando me toque chuparme la bronca con Nora – Decretó el Loco con una sonrisa, mientras se disponía a abrir la botella y como quien acota, terminó por decir, ya en tomo más calmado y como para los amigos, –Nora o la botella, la botella o Nora. Diablos que dilema...- e inició a servirse en un vasito plástico, el primer trago para sí mismo, y tras saborear concluyó. – Bueno, que Nora espere.- Y sonrió como a nadie, como a la noche, como si tuviera a Nora enfrente.
De un momento a otro los conjuntos musicales calentaron el ambiente y los ánimos, la mayoría de los que llegaron hasta el lugar fueron acompañados y se veían gozando a todo lo que les daba el cuerpo con sus parejas, unos abrazados y tratando de moverse en la apretada masa frente a la tribuna y otros, algo más libres bailando e improvisando pasos al son que se imponía desde la tarima, gracias a las orquestas que hacían su presentación con una entrega única, claro, de primero no sueltan las mejores presas a los lobos hambrientos, por las musas, por las divas, había que esperar.
No sin disfrutar, como todos los allí citados, el cuarteto se encontraba ya en medio de un mar de gente que se peleaba por alcanzar un buen lugar para presenciar el espectáculo, ellos se habían ya asegurado la posesión de un territorio inalienable, por el cual, de ser necesario, hasta derramarían sangre, si a alguno tan solo se le ocurría arrebatárselos.
No era un beber desesperado el que tenían, lentamente consumían la segunda botella de la noche para dar tiempo al deleite y la contemplación. Y es que claro, quien no se quedase boquiabierto contemplando ese desfile de mujeres, una más buena que otra, debía de chequearse, a ojos del cuarteto como que no hacía falta esperar a que las cantantes suban al escenario, eran sobradas y abundantes las chiquillas pizpiretas que, alocadas como mariposas de la noche, deambulaban por allí, de a dos, de a tres, en manadas, si al caso, alterando los sentidos de quien sea, y más de esos cuatro mosqueteros siempre en celo. 
Al rato subieron las esculturales cantantes con sus torneadas piernas, sus frondosos pechos, sus redondos y redomados culos, al escenario. No bien estallaron los acordes toda sus estructuras corporales iniciaron a moverse al son de la música, y con ellas, de un lado a otro, los ojos de casi todos los allí presentes, sin importar su condición o definición sexual, todos y todas, locos y locas, por alguna razón se perdían en la contemplación de aquellas divas, sus pasos, del ritmo llevado en las cinturas, las piernas, las leudadas caderas, pero, sobre todo, en los solemnes y provocativos culos que estaban tan a la mano y a la vez tan distantes.
Pasaba apenas de ser las 10 de la noche y el friíto se había sembrado ya en los alrededores de la plaza donde el espectáculo estaba en sus buenas. La música sobrepasaba las barreras de cemento y ladrillo desparramándose por los alrededores donde deambulaban aún muchos peatones, bohemios, poetas enamorados de la luna o de un farol con sabor a historia y esperas. Locos, vagabundos, mendigos de sonrisas y moneditas, fumones, borrachines alegres, pillos de primera y segunda categoría, o simplemente jóvenes y viejos enamorados que caminaban de la mano, como confirmado que es posible creer en la existencia de la totalidad encontrada, del compromiso de soñar despiertos, de ser felices aun cuando luego se parta el mundo y el alma se vaya al carajo, o a la mierda que es lo mismo; todos, pasando sin detenerse mucho a contemplar el lento devenir del tiempo, simplemente dejándose llevar, pasan y se perdían al doblar alguna esquina o en la oscuridad de la larga noche.
Dentro; el ruido, el baile, la alegría generalizada era lo que se imponía, mientras que, a un lado de todos los congregados, los cuatro jinetes, domadores de noches y botellas, ya habían olvidado a las actrices del escenario, cambiándolas por un par de lindas y coquetas muchachitas que reían con ellos, de sus locuras, de su alegría, de las ganas que les despertaban y que se les notaba, de pies a cabeza, en cada movimiento.
Trinidad y Gross, como era costumbre en ellos, y gracias a la habilidad de sus lenguas, habían conquistado en poco tiempo la atención de las dos mocitas, quienes sin querer o queriendo, poco a poco, limpiaban el terreno a los raudos corceles que pretendían ingresar en sus fortalezas a saquear lo que encontrasen, o a quedarse dentro, si eran bien recibidos, y el banquete les satisfacía por completo, cómo saberlo.
Vicente más interesado en disfrutar de su soltería transitoria y efímera, que del par de jovencitas, y con el alcohol dando vueltas por su cabeza estaba desesperado por salir de allí, y no para ir a casa obviamente, sino porque a su gusto ya había visto lo suficiente y empezaba a aburrirse, por lo cual instó a los compañeros de batalla a abandonar la plaza, enfundar las espadas y partir en busca de nuevas aventuras, solicitud que fue aplaudida por Antonio que no había llevado ningún agua a su molino por quedarse colgado de los labios de la sensual Susana mientras, según él, le dedicaba todo su repertorio.
Fue ardua la tarea de convencer a los engolosinados conquistadores de salir de allí, así que sin otra opción más que solicitar a las damiselas que los acompañasen, el grupo, con las nuevas integrantes abandonó el concierto y soltaron los velámenes al viento, rumbo a algún lugar más tranquilo y menos concurrido, algo más íntimo, donde charlar, bailar, sentarse tranquilos y beber hasta perder lo que sea necesario, antes de volver a casa.
Los misioneros al rescate de los compañeros en apuro doblaron la esquina, donde se encuentra la despensa del viejo Ramos, frente a la escuelita Cuba, y a no bien salir a la bocacalle, tres cuadras arriba, la gente se agolpaba tras las mallas que resguardan el mercado de los amigos de lo ajeno, no eran muchos, pero para la hora, eran un grupo inusual.
Antonio y Ernesto apretaron el paso, y casi a la carrera llegaron hasta confundirse con los mirones y las doñas que no se despegaban del enrejado, como quien no quiere perderse nada de lo que allí dentro ocurría.
Entre las sombras se veía un movimiento inusual de cuatro, cinco, o quién sabe cuantos tipos más, los que estaban enfrascados en una pelea de grandes proporciones, no se distinguía con claridad a nadie.
Del interior únicamente llegaban a la calle los sonidos de golpes, las quejas, el caer de algún cuerpo al suelo y de pronto, un ligero clamor de ayuda que en los oídos de Ernesto se transformó de inmediato en una orden imperante.
Subieron las cortas escalinatas que dejan atrás el ruido y la música, iban los cuatro, unos más entusiasmados que otros, parloteando alegremente con Leonora y Beatriz, ambas mozas lindas, menuditas, ligeritas como para llevárselas a cualquier parte, caminaban sin rumbo fijo, la idea era llegar a algún bar de paso, beber un par de tragos e intentar prolongar la noche lo más que sea posible, en especial los tres solteros que no tenían ningún perro que les ladre, nadie quien los espere, y por tanto, disponían de todo el tiempo del mundo para hacer, y deshacer, sus vidas.
El día siguiente sería un viernes ligero. Trabajo a medias, resaca asegurada por todos los costados, no había por qué preocuparse mucho, a fin de cuentas ya cada uno era dueño de su vida y podía disponer de sus tiempos como mejor le pareciese.
Vicente era de entre ellos el más animado, apuraba al grupo, piropeaba sin distinciones a ambas jovencitas que, del rubor inicial, habían pasado ya al simple sonreír a boca llena que las hacía ver más lindas, más deseables, más coquetas.
Al poco llegaron al nuevo bar de moda, próximo al mercado, en el vecindario donde estaban las casas de todos,. El ambiente se sentía bueno, acogedor y como siempre, estaba concurrido hasta las banderas. Sonaba una buena y acogedora canción de moda, y sin más, pasaron al tibio interior, oloroso a cigarrillo, perfumes, alcohol y especialmente a hormonas.
En la pista de baile se apretaban los cuerpos con las luces, la sensualidad de los movimientos de muchas parejas ponía alerta hasta al más despistado, llevadas de la mano, José y Jorge sacaron a sus niñitas a bailar, a confundirse en ese fragoroso batallar justo cuando iniciaban a sonar un buen merengue, de esos que se bailan pegaditos, apretaditos sintiéndose, el uno a la otra, hasta el alma y quien sabe algo más.
Con las bebidas servidas en la mesa, Vicente y Antonio, se relajaron mientras las nuevas parejitas se deshacían en complicados pasos de baile, los que a decir del Loco, eran mucho para sus años, y más para su ebriedad; y no es que fuese un viejo, a duras penas llegaba a los treinta, pero si algo era cierto es que había bebido lo suficiente como para mandar a la cama a cualquier mortal, pero él continuaba casi intacto, apenas arrastraba la lengua al hablar, fuera de eso, quien lo veía hubiese jurado que, cuando más dos o tres tragos eran los que llevaba adentro.
El Tripa no era un mal bailarín, disfrutaba de la música, sentía su ritmo metiéndosele hasta lo más profundo de su sangre, como un raro escalofrío se le subía por los huesos, posiblemente por eso de su origen negroide, del cual, demás está decir, se sentía orgulloso. Sin perder el ritmo, apretaba, soltaba, tiraba, lanzaba, giraba y volvía girar, siempre con una sonrisa enorme donde lucían mejor que nunca sus dientes más blancos que la leche; con él Leonora bailaba sin perderle el paso jamás, era buena la muchachita y tenía un cuerpo que levantaría hasta a los muertos de sus tumbas.
Alrededor de ellos algunas parejas habían perdido el ritmo o simplemente habían dejado de bailar para extasiarse contemplándolos, intentando captar sus movimientos para, quién sabe cuándo, ponerlos en práctica y ser ellos las estrellas de la noche.
José no le daba mucha mente a los mirones, él disfrutaba tanto bailar que no era raro verlo en bares o fiestas bailando solo si no encontraba con quien hacerlo, muchos de sus conocidos le solían molestar diciéndole que a él la pena se le iba con la música, que no bien escuchaba algún sonido tropical, se le subían los antepasados a la cabeza y que él no era él, sino un emplumado brujo de alguna de las tribus africanas quien lo poseía; él simplemente reía.
Más hacia lo oscuro, y procurando no llamar mucho la atención, Jorge bailaba apretado a la rubia Beatriz, quién sabe cuantas cosas le decía a la oreja a ese primor de mujer, quién sabe los cuentos que se inventaba ese desquiciado pirómano del amor, lo que fuese daba resultado de inmediato la mocita no le quitaba los brazos de arriba, lo miraba con ojos cada vez más enamorados, atentos, tierno corderito que va tranquilo al matadero, parecía la princesita.
El Fosforito era un maestro en esas lides, sabía de memoria todos los caminos y atajos, conocía las palabras claves y las usaba sin discreción alguna, cebaba siempre sus anzuelos con la mejor miel y las más tentadoras carnadas, para no fallar jamás, no era un tipo lindo, a duras penas llamaba la atención en la calle, pero su voz de galán, de locutor de radio, le ayudaban soberanamente con las conquistas.
En estos menesteres a Gross se lo veía siempre seguro de sí, a la que ponía en la mira, sucumbía en sus brazos. No tenía miramientos ni reparos con ninguna. No le daba mente a nada. Solteras, viudas, casadas y divorciadas, desfilaban por sus brazos y por su cama; ni la edad le importaba mayormente; como justificación solía decir que “lo que Dios da, debe ser siempre bien recibido, decir gracias y callar la boca”. Discretos como él, muy pocos, de su vida y sus hazañas solamente los más íntimos conocían, y no todo.
Para él la actitud de casanova había dejado de ser un simple juego de conquistas, para convertirse en su vida. Ya una vez apostó el alma y el corazón, y los perdió para siempre, no lo haría más nunca, juraba, por la memoria de su santa madre. Quien aún viva, rosario en mano, debía esperar en vela su llegada, para así poder dormir tranquila, sabiendo que el hijo pródigo, de vuelta en casa, dormiría a salvo del mundo y sus tentaciones.
Apretada contra el cuerpo del Fosforito, Beatriz cedió poquito a poco. Las expertas manos de Gross escalaban las redondas nalgas de la muchacha mientras los comunes labios se buscaban como dos sedientos caminantes que descubren un oasis en la boca del otro.
Como de la nada aparecieron cinco tipos que arrebatando a Beatriz de los brazos de Gross lanzaban improperios, puteadas y amenazas subidas de tono, que sobrepasaban el sonido de la música y que indiscutiblemente llamaron la atención de quienes hasta ese instante bailaban tranquilos en la pista.
En torno a ellos se dispusieron los que, hasta ese instante, estaban felices, disfrutando de la noche y el baile, contemplando, sin entender lo que pasaba, mirando como arrebataban de los brazos de Gross, aquel pedacito de cielo, aquella noche había encontrado.
Dos de los cinco hombres que arrinconaban a Gross contra una columna próxima a la barra del bar eran hermanos mayores de Beatriz. El grupo aquel acaba de llegar al bar, quien sabe si por casualidad, o por malas de diablo, lo cierto es que descubrieron a la pareja fundida en un beso largo, de esos de telenovela, lo que debe haberles chocado de por sí, pero además, y para colmo, con un hombre que tanteaba libremente el dulce y redondeado culo de su hermanita.
Sabiendo como son de celosos los hombres de esta tierra con sus mujeres, de seguro esa visión les disparó la sangre a la cabeza, no lo pensaron dos veces y se abalanzaron en cerrada formación de ataque contra el abusivo asalta cunas que tenía entre sus brazos la más preciada prenda de la familia.
Beatriz buscó a Leonora y la sacó casi a rastras del bar, se perdieron en la noche como dos fantasmas. El Tripa no supo lo que pasaba sino hasta que el bullicio contiguo le llamó la atención, mientras veía a las dos chicas perderse tras el umbral de la puerta que daba a la calle.
Vicente y Antonio no tardaron en reaccionar frente a los acontecimientos, no bien inició el pleito abandonaron sus cómodos asientos, y sin mayores atropellos llegaron a pararse a las espaldas de los tres hombres que escoltaban a los hermanos furibundos que, a empellones, amenazaban al Fósforo, quien, a juzgar por su cara, aún no se enteraba de lo que estaba ocurriendo y cómo había ido a parar en medio de aquella refriega, sin haber sido convocado.
Abriéndose paso entre las parejas que habían formado un semicírculo en torno a la contienda, Antonio se parapetó junto a sus compañeros y no tardaron en lanzarse a socorrer a Gross del barullo y los empujones.
Los bravos advenedizos lanzaron el primer golpe que con facilidad esquivó Gross en el instante mismo que la música dejaba de sonar del todo y Andrés Mafra, el dueño del bar y amigo de todo el mundo, se paraba en sus talones en medio de la pelea instando a los revoltosos a salir a la calle a limar sus ásperas diferencias.
Los putamadrasos y las acusaciones poco decorosas sonaban con estruendo, Mafra, con su cuerpo de oso no aceptó razones ni nada, del brazo, cual si fuesen dos plumas, sacó a la calle a Gross y a uno de los hermanos, el que por su aspecto parecía ser el mayor y el más furibundo.
Tras ellos salió la comitiva alistando las armas, desenfundando las espadas, calzándose los guantes, sabiendo que la honra de los hermanos de Beatriz solamente sería lavada con sangre y golpes.
A la luz oxidada de las farolas de la calle el pleito se armó en grande, cinco contra cuatro, nadie se metía, en la esquina del mercado, junto al portón principal los dos hermanos se fajaban a golpes con el Fósforo, mientras los tres mosqueteros contenían a los acólitos que demostraban ser buenos para esas lides. Poco a poco, el combate se fue introduciéndose al mercado, cuando el primero en caer fue el Gallo, a quien dejaron sentado en la calle mientras cerraban las puertas de acceso al mercado y la pelea subía de tono en el interior del enrejado.
Antonio se incorporó casi de inmediato, intentó entrar a la lucha y se dio con las puertas cerradas con candado en las narices, no lo pensó dos veces, debía buscar refuerzos, se sacudió la desaliñada presencia y casi a la carrera bajó las calles hasta llegar a la casa del Loco Vicente.
El pedido de ayuda le retumbó en los oídos y la sangre, se separó unos pasos de la malla de más de tres metros de alto y como si se transformase en uno de esos súper héroes de tira cómica, de un brinco subió a la malla y cual un arácnido la trepó sin ninguna dificultad, desde lo alto, sin pensarlo dos veces se lanzó al vacío, se incorporó y a la carrera se mezcló en aquel duelo.
No bien ingresó tumbó a uno en un santiamén, mientras descubría en el piso a su hermano, magullado, sangrando por la boca rota en flor, -Ernesto, ayúdame- atinó a decir el Loco, con palabras ebrias desde el suelo al ver la contundente presencia del hermano a su lado.
-Me pegaron Ernesto, me pegaron unos hijueputas, ayúdame hermanito, ayúdame –no pudo seguir más, se le fueron las lágrimas y cayó rendido.
Ernesto a pocos metros vio otro cuerpo en el suelo y se aproximó a él, era un desconocido y no le prestó atención, adelante Gross y el Tripa recibían más golpes que una tambora en fiesta, tres tipos les tenían a su merced, Ernesto no esperó ser invitado, se les fue encima como un camión sin frenos, al primero que tuvo a mano lo agarró del cuello, lo llevó a su alcance y de un par de golpes lo sentó en el piso.
A esa altura de la refriega los cuatro mosqueteros habían sucumbido junto a los dos hermanos de Beatriz y uno de sus acólitos, los otros dos, al parecer conocedores de la fama del Ogro, a no bien verlo, tras tirar al piso al mayor de los buscapleitos, pusieron pies en polvorosa y desaparecieron sin presentarse a la batalla, sin dejar rastro de su existencia.
Ernesto recogió a los estropeados combatientes y en hombros, de uno en uno, los sacó a la calle, tras hacer bolar el candado del portón con el golpe certero de un tubo metálico que encontró en el camino.
Ernesto sacó en andas a Vicente, luego a Gross, montado en un hombro, mientras Trinidad salía ya por sus medios, caminando, casi al desfallecer, a su lado. Cuando salieron a la calle, Ernesto evaluó la situación, no se veían tan mal como esperaba, el más golpeado era Vicente, que de lo ebrio que se había puesto estaba a un paso de dormirse y no darle mente a sus magulladuras, observó que las lastimaduras en la boca habían dejado de sangrar, y lo mejor, pensó, sería llevarlo a casa para que lo laven y lo metan a la cama.
Llamó al Gallo y le encomendó la tarea, a lo que no de tan buena gana aceptó, si lo hizo fue más obligado por las circunstancias, que por dar una mano al amigo caido en desgracia, ya que el Gallo sabía que si la pelea que acababa de terminar fue grande, la que le esperaba donde Nora era, con las diferencias del caso, sino igual, mayor que esta.
Levantaron al Loco de la acera y con uno de los mirones comedidos, posiblemente uno de los conocidos del Gallo, llevaron, terciado en los hombros, a Vicente, calle abajo hasta su casa.
Gross sangraba por la nariz y se quejaba del dolor, tenía asegurado un ojo morado para mañana por la mañana, y quién sabe cuantas cosas más. Lo levantaron Ernesto y José, pararon un taxi que de casualidad y como caído del cielo pasó justo por allí y en él se fueron los dos heridos.
Quedó solo Ernesto limpiándose las manos en el pantalón y dispuesto a ir a dormir a casa lo que quedaba de la noche para rendir su examen a la mañana siguiente.
Terminado el circo, comenzó a abrirse paso entre la gente que quedaba, ya con la mente enredada en sus cosas, en su rubia, en la noche buena para salir a andar, o quien sabe, pensando en nada o mandando a la mierda a estos borrachos que no tienen oficio y se creen súper hombres cuando el alcohol se les sube a la cabeza.
Posiblemente iría preguntándose en el porqué de la pelea, en cómo fueron a dar allí dentro, cómo saberlo, en eso estaba cuando al salir a la esquina del mercado se dio de frente con un gorila nuevo en el barrio, un boxeador profesional, de esos que son el terror de todo el mundo, corpulento y desafiante, quien lo tomó del brazo, y sin más, clavándole la mirada en los ojos, le soltó cual si fuese un bofetón, una pregunta con sabor a afirmación.
-Con que tú eres el famoso Ogro López. - Dijo burlón. Y continuó. –Sabes, me quiero caer a los golpes contigo.
Sin perder la compostura, ni huirle la mirada, Ernesto respondió al desafío con palabras que le fluían como un seguro manantial del curso a seguir.
-Mira, en primer lugar, cuando tú te refieras a mí me tratas de usted y de señor. Para ti Señor López, entiendes.- Le dijo con voz templada y sin alterarse, y prosiguió sin mostrar el menor temor en la mirada. -Si en verdad quieres pelear conmigo, pues así sea, pero como entiendo que tú eres un caballero me permitirás amarrarme el pasador del zapato antes de caernos a golpes. ¿De acuerdo?-
-Adelante.- Respondió el fortachón, seguro de hacer puré a ese mocito que a duras penas le llegaba al mentón y se veía frágil y delicado a su lado.
Ernesto puso una rodilla en la acera, y fingiendo amarrar el cordón, agarró una piedra que estaba a su alcance, le cabía perfectamente en la mano. No lo pensó dos veces. Se incorporó. Lanzó la pierna derecha hacia atrás, como para soportarle el peso, y sin decir nada lanzó un certero golpe a mano llena a la mandíbula del gorila que apenas estaba cuadrándose para iniciar el combate.
Un solo golpe bien calado fue suficiente para ver caer al King Kong desafiante al piso cual un saco de patatas. Ernesto dio media vuelta y se marchó sin siquiera percatarse del nuevo tumulto que se había iniciado a formar con la anunciada pelea.
Al llegar a la puerta de casa sintió que le dolía la mano, y sólo allí vino a caer en cuenta que aún llevaba la piedra bien sujeta, y que era la presión que ejercía sobre ella lo que le estaba produciendo esa sensación incómoda. Se deshizo de ella de inmediato arrojándola al medio de la vía, y entró a la casa presintiendo que la acogedora temperatura de la cama debía haberse perdido hace rato y que ahora con la adrenalina al mil le costaría algo de trabajo dormirse de inmediato y que a la mañana le iba a dar trabajo despertarse para ir puntual al colegio.
Sonrió para sí, mientras ingresaba al dormitorio, y entre dientes dijo al viento, mientras lanzaba el pantalón a los pies de su cama de segundo piso. –Vaya nochecita, las de Caín he paso...- Se metió en la cama y al poco se durmió profundamente.
Doña Luz lo despertó, como todos los días de colegio, un cuarto para las seis, ignorando aún los sobresaltos de la noche anterior. Cansado se levantó y fue a ducharse mientras su madre preparaba el desayuno. Se calzó el uniforme, pantalón negro, camisa blanca, corbata negra, igual que el pantalón, y el sweater verde olivo con la insignia del colegio pegadita al pecho, sobre el corazón que le latía tranquilo.
Desayunó casi sin apuros, agarró la mochila con los útiles, se despidió de su madre y de su padre, quién se apresuraba para no llegar tarde al trabajo, y bajó las escaleras que daban a la puerta de calle pensando en el próximo examen, repasando fórmulas y números en la cabeza como para ponerse adelante a los acontecimientos que, ese día de sol y cielo despejado, se sucederían en poco tiempo.
Abrió la puerta, y a no bien salir a la luz, observó que desde la esquina, bajaba con dos amigotes, el oso aquel que lo había retado a duelo la noche anterior. El alma se le fue al suelo, una sensación de frío y vértigo se le clavó en el cuerpo y le descendía por el pecho, los cojones, las piernas, los pies y se le iba más allá de la suela de los zapatos.
Miró la piedra en media calle, y solo pensó que de esta, no le salvaría ni el Papa, que ahora, a la luz del día, y en la puerta de su casa, el gorila ese, lo haría añicos, que lo rompería como papel periódico, y que nadie vendría a ayudarlo.
Se quedó parado en la puerta sin saber que hacer, pensando en que bien podría retroceder, entrar a casa y cerrar la puerta, dejarlo pasar y listo. Pero no, mejor enfrentar lo que deba ser, además ya lo habían visto, pensó, y eso de ir a meterse en las faldas de la madre como que no le pegaba.
Se quedó parado esperando al gorila y a sus compinches, aguantando los nervios, cagándose del miedo.
Cuando ellos llegaron a su altura, el boxeador experimentado le lazó una ligera mirada a los ojos y lo saludó con calmada voz. –Señor López. Cómo esta.- Y pasó de largo sin esperar respuesta.
Se dejó caer contra la puerta.
–Bien... Bien... Atinó a decir, mientras soltaba el aire contenido en los pulmones y dibujaba una sonrisa para sí, pensando que ese sería un buen día, un viernes de lujo que nada ni nadie podrían ya echarlo a perder.

Se arregló la corbata, frotó sus manos entre ellas, y marcho a cumplir su deber de estudiante. Bajó a la acera con la frente en alto, como su padre le había enseñado, y se perdió calle abajo entre la gente que a esa hora se apuraba por no llegar tarde a la obligatoria rutina de ese último día de semana.