domingo, 12 de octubre de 2014
Competencia
La tensión se le acumulada en los
músculos de las piernas, en los brazos, el cuello, en todo su esbelto cuerpo, esa
sensación le hacía sentir como una bala a punto de ser disparada, solo hacía
falta que el martillo dé en el punto exacto del detonador, y ya nada lo
detendría, claro, en este caso, él era una rara especie de bala en traje de
baño que, desde el puesto de largada, esperaba a que el silbato diera la señal
para lanzarse al agua, y dar así, todas las necesarias brazadas, hasta
conseguir el ansiado primer lugar del Campeonato Intercolegial de Natación, por
el cual tanto se había preparado desde hacía más de un año.
Desde el graderío, un ruido confuso
de voces se escuchaba alentando a los diferentes competidores que, junto a él,
se disponían en los diferentes andariveles y que, como él, adoptaban posiciones
previas a la señal que marcaría el inicio de la competencia.
El agua estaba clara, como la
mañana. La supuso ligeramente templada, por los leves vapores que en la
superficie, casi inmóvil, se observaban. Los ligeros destellos de luz
reflejándose en las ondas diminutas de esa larga piscina lo ayudaban a
concentrarse y lo invitaban a sumergir su cuerpo en ese medio que, para él, era
la posibilidad certera de liberarse del peso y flotar como lo hacen los
cóndores en las alturas del cielo.
La tensión se acumulaba no sólo en
su cuerpo sino en el ambiente y los segundos se hacían horas interminables.
Miró a ambos lados y solo vio un
grupo de jóvenes que, a diferencia suya, no llevaban un traje de baño nuevo, es
más, ninguno de ellos llevaba traje de baño, nuevo o viejo, todos usaban los
shorts de los uniformes de educación física de sus respectivos colegios, que a
diferencia del suyo, eran instituciones del Estado.
De entre todos él era el único
rubiecito de ojos azules, el resto ostentaban su piel oscura y cobriza, sus
rasgos fuertes, labrados en piedra, todos, a simple vista, indicaban su
descendencia indígena y humilde, él era el lunar blanco de esa competencia, el
niño lindo de los bucles de oro.
En ningún pecho, a no ser el suyo,
esa medalla cobraría su valor verdadero, adquiriría su verdadero sentido.
Sus compañeros y compañeras de
estudio, todos y todas tan lindos como él, tan perfumaditos como ninguno, lo
alentaban y estimulaban, Él los escuchaba, incluso sobre el griterío general.
Todos lo aclamaban, en especial el grupo de sus amigos más íntimos, quienes
llevaban al cielo su nombre. A todos les sentía como a su espalda, y distinguía
claramente los tonos de voz de cada uno de ellos.
En el punto más alto de la espera y
la tensión, sonó por fin el silbato, y sin pensar en otra cosa que en su
medalla y la gloria, se arrojó al agua en un clavado perfecto, sintió junto a
él los otros cuerpos ingresando a la piscina, rompiendo el agua sin delicadeza,
soltó el aire que había contenido en sus pulmones al salir a la superficie e
iniciando con la derecha, marcó el ritmo de las brazadas con que aseguraría su
sitial en el podio de los triunfadores.
Una, dos, tres brazadas, soltar el
aire, una, dos nuevas brazadas más, respirar.
En el fondo de la piscina una larga
línea azul de baldosa le indicaba el rumbo correcto a seguir, para él eso no
era ningún problema ya que sus anteojos de natación se lo permitían de la mejor
manera.
Entre brazada y brazada, y en lo que
podía mirar, no veía a nadie a su lado, sabía que iba primero, esa era una
certeza que no tenía lugar a ser rebatida, además, se lo confirmaban sus
amigos, ya que cada vez que sacaba la cabeza para respirar los escuchaba, como
a su lado, gritándole, apoyándole, exigiéndole mayor velocidad, más concentración.
De seguro llevaba a alguien muy
pegado a él ya que ni bajo el agua dejaba de escuchar su nombre y el aliento
que desde el graderío le propinaban sus compañeros.
Apretó el ritmo de las brazadas. Su
corazón iba suelto como un leopardo en la sabana africana, tras la presa del
día. Nada ni nadie podrían ya detenerlo e impedir que sea suya aquella medalla,
la cual engalanaría la vitrina en el recibidor de su casa de campo, junto a la
otras medallas y trofeos, los más de su padre, mismos que en poco serían
superados por los que él obtendría, si continuaba al paso que iba, pues a su
juicio, serían muchas las victorias por alcanzar en lo que le resta de vida,
para sus cortos 16 años.
Llegó al extremo de la piscina y
giró con precisión milimétrica, cada uno de sus movimientos habían sido
repasados hasta el cansancio. Tardes enteras con amigos y amigas habían tenido
que ser sacrificadas para lograr su objetivo, y lo hacía bien, nadaba como un
delfín, el agua era su medio y ya había cubierto la mitad del recorrido, y a
pesar del esfuerzo y la tensión, sabía que mantendría la velocidad y el ritmo
de las brazadas hasta llegar a la meta.
La cadencia de respiración se había
incrementado, lo sentía, pero no importaba, la adrenalina en su sistema era la
mejor aliada.
La situación continuaba igual que
antes, cada vez que podía, intentaba distinguir a su lado si venía algún otro
competidor. No veía a nadie.
Debía ir por media piscina
calculaba, y los gloriosos vítores de triunfo los escuchaba claramente desde el
lugar donde se encontraban sus amigos.
Sacar fuerzas de donde,
ya casi, no le sobraban, era ahora la tarea. La prueba era corta. Lo sabía.
Pero exigente. Por ello requería la máxima potencia de su cuerpo.
Quería llegar primero y lo estaba
logrando. Quería imponer un record, dejar a todos a mitad de piscina, llegar
solo sin que nadie le pise los talones.
Comenzó a bracear con mayor rapidez.
Era corto el trecho que le
distanciaba de la meta, un último esfuerzo, y su deseo se cumpliría.
Estaba tan concentrado en dar esas
últimas brazadas, brazadas sucesivas, una tras otra, y a buen ritmo, que no
sintió aquella mano que detenía, desde su cabeza, el avance hasta la meta,
sino, hasta que se percató que por mucho que braceaba no avanzaba ni un solo
milímetro.
Se detuvo. Sacó la cabeza del agua.
Lentamente los pies toparon fondo. Se incorporó, y sin entender que estaba
haciendo en su carril uno de los competidores, miró en todas las direcciones,
sus compañeros lo seguían vitoreando, los que podían claro, el resto reía a
carcajadas, en el agua sólo estaban él y ese otro muchacho, que con una amplia
sonrisa le dijo
-Amigo, se adelantó a la largada- y
cruzándole el brazo por sobre los hombros lo invitó a salir y volver al punto
de partida.
Frente a él, el resto de
competidores, todos estaban aún en sus puestos, esperándolo, esperando la señal
de la largada.
A las sombras del Bolívar
Recostado sobre sus ochenta y tantos
años empezó a evocar aquel pasaje de su vida que brotaba a borbotones desde un
lugar impreciso de su memoria y cual si
fuera un torrente incontenible, todo lo que consigo acarreaba, al cerrar los
ojos, se hacía cada vez más vívido e incluso tangible… lo volvía a vivir.
Como fuente de agua cristalina en
medio de un desierto, de la nada, surgían los, hasta ese instante, olvidados
recuerdos yacentes en algún archivo oxidado de la memoria, y allí los veía
ejecutándose, con tanta nitidez que parecería que fue ayer, cuando todo ocurrió.
Aquellos acontecimientos, hasta hoy
relegados al inmanente olvido y que junto a mil recuerdos más dormitaban la
agónica resaca de lo que ha sido y jamás volverá a ser, enredada en la telaraña
de los intrincados recodos de la escorpiona memoria ahora saltaba a la luz como
una pantera, como una fiera que por largo tiempo se mantuvo al acecho, entre
las sombras de un tupido follaje, esperando alerta, el instante en que puedan
clavar sus largos y filosos colmillos hasta el alma de su predilecta presa, con
tanta precisión que nada podía, al parecer, evitar la arrolladora fuerza de
este embate.
Frente a la potencia de estas
repentinas apariciones, no tenía otra elección que rendirse, entregar el cuerpo
laxo que yacía en la cama de un hospital cualquiera, donde los médicos y
enfermeras luchaban por alargarle la vida hasta más no poder, hasta el límite
último de sus fuerzas.
Gran cantidad de tubos entraban y
salían de su cuerpo cual si fueran raíces parásitas sobre un árbol centenario,
todas estas canalizaciones lo mantenían a salvo de cualquier cataclismo que
pudiese descuajarlo súbitamente y conducirlo a su final descanso en al suelo.
A esta hora se sentía ya tan lejano
de todo. Perdido entre sus recuerdos y el presente no se inmutaba con la
delgada línea de luz que perezosa se colaba desde el amplio ventanal cubierto
por una delgada cortina, verde monótono, estampada con una que otra figura que
debían ser hojas o peces, cómo saberlo, si apenas le alcanzaban los ojos para contemplar
lo que estaba volviendo a vivir.
David, como siempre, fue quien tuvo
la brillante idea que todos aplaudimos por fabulosa e insuperable, en especial
José “Pepito”, quien siempre fue, algo así, como su mano derecha, su confidente
y hasta hermano en travesuras.
Tras ir con su novia de turno al
cine le asaltó aquella idea. De la nada le cayó encima como un relámpago en la
espesa noche de sus cejas, y como siempre, una vez asida por las luces de su intelecto
maquiavélico sabía de sobra que no estaría tranquilo hasta no ver cumplida a
cabalidad la portentosa maquinación, poblada de tramas y tramoyas, que
había fabulado por completo, de “pi a
pa” en un segundo, y que el destino le había impuesto como su nueva meta.
Quien podría suponer que a David se
le alumbraría la testa a la hora del romance mientras confundía sus manos con
los pechos de su amor juvenil en uno de aquellos cines que para hoy, a duras
penas se ven en postales viejas, en crónicas de historia antigua, o si al caso,
usurpados de su realidad destinados a rituales de algún culto, transformados en
altares, olvidando por completo a los miles de amantes que albergó y a los
fantasmas de celuloide que, función tras función, les arrebataban suspiros,
gritos, aullidos y hasta lagrimones que rodaban sin vergüenza en la oscuridad
de aquellos lugares de culto, refugio, fuga y cándidas caricias.
En Concepción, por casi una
eternidad, o toda una vida que es lo mismo, existió una única sala de cine,
templo que fue la puerta abierta al mundo, a las pasiones prohibidas y los
sueños, pero especialmente, fue el espacio predilecto donde supimos esconder,
de las lenguas de todos, aquellos amores púberes que a ratos nos congestionaron
la existencia y nos aflojaban las lágrimas, los huesos y hasta nos
desatornillaban el alma e iban llenado de a poco, con buena letra o con
garabatos, las hojas en blanco de la bitácora de la vida de cada uno de
nosotros.
En aquella época el cine era un
universo de ensueño repleto de titanes hercúleos y divas bellas que a todos nos
conmovían los agujeros del espíritu apenas empolvado de vida, sueños y
esperanzas, aquel fue el tiempo donde todo era posible, y no hacerlo era una
afrenta al ingenio individual y colectivo, aquel fue el periodo de nuestras
vidas donde se pusieron a prueba las más finas hechuras de cada uno y la
resistencia de un mundo donde siempre hacía sol y olía a tierra fresca, donde
no importaba el clima, donde siempre era primavera y los brazos de los padres
alcanzaban para todos y siempre estaban presentes.
No había mucho que hacer en los
cortos veranos de las vacaciones del colegio, a no ser las rutinarias
actividades de casa, soportar a las madres con sus griteríos, las lecturas, los
“arregla el cuarto”, “báñate”, el hacer eso o lo otro, el ayudar a los padres
con lo uno o lo otro, ir de compras al mercado y claro, entre orden y orden
darle un poco de calor a los juegos, al fútbol, o de preferencia a salir en
jauría a matar el tiempo, eso sí que a todos nos encantaba, en especial cuando realizábamos
algún desarreglo sin pretender daños a nadie, sin malicia, solo por molestar y
pasar bien un rato, para así poder reír a manos llenas, agarrándonos las panzas
para evitar que reviente de tanta carcajada fuera de su cauce.
Reír siempre ha sido fantástico, en
especial con la boca abierta, a no dar más, corriendo el riesgo de zafarse las
mandíbulas de la simple y total alegría que se hace lágrimas en los rabillos de
los ojos de todos. Reíamos hasta decir basta del dolor en el abdomen y así, a
pesar de todo, continuábamos riendo hasta la demencia y un poco más allá, tal
vez, siempre era posible, gracias al placer de haber pasado un buen rato junto
a quienes tanto se ha querido.
De aquella época, una de tantas
maldades fue la que jugamos al Gordo Peña, el mejor panadero, jugador de
naipes, borrachín, mentiroso y embaucador que jamás conocería Concepción,
pueblos, anejos y caseríos a la redonda; una tarde de tantas en un verano
cualquiera.
Tres sábados consecutivos lo
seguimos en turnos previamente designados al cine para comprobar, si era
cierto, lo que contaban los enamorados del amor, refugiados al oscuro, de
aquella sala confidente de sus besos; que a la función de la tarde el Gordo iba
a como diera lugar, y siempre se sentaba en el mismo sitio, cual si lo hubiese
tenido reservado, quién sabe, si ya hasta por costumbre o por que allí
solamente podía caber su descomunal trasero de batea.
Los tres sábados que lo esperamos
llegó puntual a la cita, y como lo habían anunciado aquellos enamorados
cinéfilos de entonces, el Gordo llegó, como siempre solo, con su mofle a
cuestas, cual tambor de feria, y fue, tras saludar a don Celso, el de la
taquilla, directo al baño, a refrescarse y limpiarse el eterno sudor que le
poblaba la cara, y de seguro, de allí saltaría a su reservado espacio en el que,
por lo regular permanecía aislado de todos durante el tiempo que duraba la
proyección, ya que para llenar aquella sala de cine, se tenía que meter al
pueblo entero, incluyendo al odioso cura que siempre andaba castrando las
mejores escenas que solo él y don Celso podían ver antes de la premier de
cualquier película.
Cuando todo estuvo listo y
planificado lo echamos a la suerte y salimos premiados, Gerardo, el cuico
Ricardo, David, que como capitán araña del grupo no podía faltar, y yo. La
tarea era simple, ir el siguiente sábado a la matiné y desatornillar todas las
tuercas a la fila donde el gordo se sentaba rutinariamente en su centro y
listo.
El siguiente sábado llegó sin
ninguna prisa, la vieja me encargó al “Negro” Carlitos, mi hermanito menor,
pues ella y papá se irían de viaje a visitar a unos amigos a un pueblo cercano,
así que, con todo y el encargo que no dejaba de molestar a cada rato, con
“cómprame eso”, “quiero eso” o “dame aquello”, el trabajo en tinieblas fue
cumplido a satisfacción, y claro, me costó un buen par de turrones convencer al
“Negro” que no dijese nada en casa, ni a nadie obviamente, de lo que habíamos
hecho en el cine aquella tarde.
A pesar de que ya nos sabíamos de
memoria la trama de la película que habíamos visto hasta el cansancio en las
turnadas guardias para vigilar al “Gordo”, o para hacerle el trabajito a su
asiento. A la funcuión acudimos todos puntuales y desentendidos del mundo que
nos rodeaba.
Desde la taquilla vimos venir al
“Gordo” con su pasito lento, su pantalón azul y su camisa blanca de uniforme diario.
Nos saludó. Lo saludamos… y nos mordimos los labios para no reventar en
carcajadas por un episodio de pronóstico asegurado, en especial, cuando veíamos
a aquel armatoste que, por su propia boca, se aproximaba a morder un delicioso
anzuelo que habíamos cebado y que simplemente esperaba a que él se comportase a
la altura de las exigencias.
Entramos a la carrera, casi
atropellando a los pocos que se interponían en nuestro camino, para así ganar
un buen lugar y ver el espectáculo que se anunciaba en grandes carteles. De esa
manera fue como aseguramos, para la gallada, una fila completa, una tras la
acostumbradamente reservada al “Gordo”. Nos acomodamos en la impaciencia de los
segundos, mientras llegaba mansamente, con su siempre agitado y sudoroso paso
de tortuga, el mejor panadero, jugador de naipes, borrachín, mentiroso y
embaucador que nuestro mohoso pueblo jamás conoció.
No fue muy larga la eterna espera,
hasta que por fin el “Gordo” apareció en el interior de la sala de proyección
tras su habitual visita al baño.
Con pasito apretado, lento y pesado,
como solo él, mastodonte antediluviano se empecinaba en continuar caminando
sobre este mundo. Larga fue la contemplación de su transcurrir sobre la
alfombra roja que yacía entre los asientos forrados de un falso cuero azul, lo
vimos aproximarse, desplazarse, nadar, flotar, hasta llegar y detenerse frente
a aquella silla que su enorme culo conocía de memoria, ese majestuoso culo y
todo el peso que implicaba lentamente iniciarían el descenso que daría inicio a
la mejor obra que se pudiese presentarse en Concepción, ese, para nosotros,
majestuoso día.
Con el corazón en vilo lo vimos,
parado frente al asiento de siempre, su asiento, y darnos confiado la espalda,
descender lento el andamio completo de sus carnes, y en eso, que nos apagan las
luces y se escucha el enorme estruendo de la fila entera que cae, como un
relámpago en la noche, y que retumba en las cuatro paredes, sumado todo esto al
quejido del “Gordo” al chocar contra el piso, y enseguida las más solemnes y
rebuscadas puteadas contra todos, padres, hijos y espíritus santos, mandando a
la mierda incluso a la santa madre que lo había parido; y nosotros sin poder
más de la risa, al igual que los pocos pelagatos y enamorados presentes en
aquel circo de una sola pista.
Por sobre los tubos por donde entraban
o salían líquidos vitales. Las sábanas blancas. El insoportable olor a limpio
de aquel lugar. Las tímidas líneas de sol madrugador que burlaban los largos
faldones de la verde cortina se derramaban sobre la cama y mostraban la geografía
de su cuerpo protegido del frío. Sus ojos se perdían en los montes y valles de
la cobija mientras en su rostro se esbozaba una sonrisita cómplice con los
recuerdos que ya no podían hacerle daño.
Pero aquellos recuerdos diáfanos que
se le seguían escapando sin ton ni son, se le iban incontenibles como el agua
entre las manos, no los podía controlar, e incluso, de vez en cuando, y se
materializaban en lagrimones tibios que rodaban por las arrugadas patas de
gallo, que los años le habían regalado, hasta dar con la blanca almohada donde
descansaba su cabeza de ralos cabellos canos.
Fue durante el verano en que murió
el abuelo de Pablito y que a todos nos puso en jaque la maldita jugada que el
destino deparó a aquel viejo lobo de mar y sus cinco compañeros de faena, tras
lo que a Pablito no le quedó otra que aprender a ser dos veces huérfano y a
hacerse hombre serio a destiempo.
Aquel verano, con una maleta
prestada, donde apenas cabían sus ilusiones, Pablito se largó para siempre del
pueblo, en uno de aquellos autobuses azules que venían una o dos veces por
semana, mientras nosotros seguíamos armando líos, picando pleitos y aprendiendo
a liar nuestros primeros grandes sueños entre cigarrillos y alcohol en las
noches de frío y nevada, que eran, en las que su ausencia pegaba más duro,
especialmente en los estériles acantilados frente al mar.
Pablito era como el hermano menor de
todos, se fue sin decir nada a nadie, y no supimos de él, sino, hasta varios
años después, cuando en una de tantas vueltas que dan los caminos, nos
encontramos cara a cara, y a duras penas nos pudimos reconocer y hablar en un
café de la gran ciudad, en una esquina lejana a todo lo que nos vio crecer y
nos nombraba.
David había ido a escondidas de
todos al cine con su novia, la Verito, para evitar el papelón de soportar las
burlas que le hubiésemos montado. Al terminar la película, entre las lágrimas
de su amada, y las lagrimas de las amadas de tantos allí dados la cita, estaba
calculando ya una nueva proeza que se le había ocurrido así, de repente, sin
más, mientras veía aquel largometraje que hace unas semanas había causado
sensación, según la prensa que escasamente llegaba los viernes en uno de
aquellos colectivos azules.
Un domingo, tras el partido de
fútbol, en la cancha del colegio, ahogados aún por el esfuerzo, nos contó su
idea. Para variar, nos alucinó la genialidad de la misma y fue así que pusimos
manos a la obra de manera inmediata.
Tendríamos que ir temprano a ver
aquella película que habían estrenado hace no más de tres días donde don Celso
para ganar los mejores asientos y así no perderse un segundo de aquella
historia, que el celuloide ponía a nuestra completa disposición, así que para
poder hacerlo bien teníamos que iniciar los preparativos de inmediato.
Todo lo que teníamos que hacer era
esperar a que cayera la tarde e ir a los acantilados por una gaviota y san se
acabó.
Tras misa de cinco, y soportar
estoicamente la letanía del cura Manuel y su extranjera lengua que arrastraba más
eres que un coche destartalado y que siempre anunciaba los cataclismos que
traería en sus bolsillos don Sata a los hombres y a los pueblos que no se
apeguen fielmente a la doctrina estipulada en el Santo Libro, organizamos la
riesgosa expedición hacia los acantilados, esta vez fuimos todos sin excepción,
para así cubrirnos las espaldas de cualquier imprevisto que pudiese acaecernos.
El acantilado quedaba, como hasta hoy,
a algo más que dos kilómetros del pueblo, claro en ese entonces despoblado de
las lujosas mansiones que lo han privado del encanto agreste que antes lo
hacían único en el mundo.
El camino lo hacíamos a lomo de
bicicletas, por lo cual el trayecto lo cubrimos en menos de quince minutos, al
llegar, cada quien se dirigió a los lugares previamente dispuestos, tras
acordar que, cuarto para las ocho, como tarde, todos nos reuniríamos nuevamente
en el lugar donde abandonamos las bicicletas dispuestos a hacer lo mejor que se
pueda para que la operación, casi militarmente pensada, salga de acuerdo a lo
planificado.
A pesar de que Guillermo era un as
para atrapar cualquier bicho, bien sea vivo o muerto, y que gracias a su
habilidad, solo él nos hubiese bastado para culminar con éxito la empresa,
decidimos formar dos grupos y nos lanzamos a la cacería sin muchas discusiones
ya que el tiempo apretaba y los vientos anunciaban frío para la noche, y como
se había acordado, todos debíamos estar presentes a las nueve en “El Bolívar”,
hora de la última proyección.
El mar chocaba con toda su fuerza
empujado por el viento norte contra las murallas imbatibles del alto
despeñadero en aquella temporada, el sol bajaba apresurado entre sus naranjas
rayos a dormir en su cuna oceánica, a esa hora eran escasas las aves que
volaban sobre las olas, la mayoría debía ya estar esperando la noche guarecidas
al abrigo de sus nidos, lo que facilitaría nuestro trabajo, al menos eso
pensamos.
Por algunas rutas de pescadores
bajamos hasta las playas escasas y no vimos, por ningún lado, una sola gaviota.
Transcurrida casi una hora desde que dejamos olvidadas las bicicletas en lo
alto de los farallones y perdíamos la raquítica luz que ese astro enfermo de
sueño nos brindaba más allá de las olas, teníamos que regresar ya, lo sabíamos,
pues en tinieblas la tarea sería en verdad cuesta arriba al ascender por las
paredes del acantilado, escuchando únicamente el repetido canto de mar como una
inconclusa melodía y sin saber dónde poner un pie, por lo oscura que se pone
esa boca de lobos, cuando el sol se ha ocultado.
Habíamos recorrido medio camino de
regreso, cuando Roque, el mejor puñete que tuvo alguna vez Concepción, vio, por
suerte o casualidad, entre unas pequeñas cavernas, salir las plumas blancas de
un pajarraco, la tarea no era nada fácil, pero debía hacerse.
Como a diez metros sobre nuestras
cabezas en una pared vertical y tan lisa como una regla de dibujo estaba
nuestro objetivo. No bien Roque señaló su hallazgo, Guillermo inició la
escalada, sin importarle que a sus espaldas el mar batiese el mundo con olas de
espanto que reventaban sobre unas enormes piedras negras, las que a mí siempre
me han quitado el sueño, y que de llegar a caernos, podrían tragarnos a todos
en un abrir y cerrar de ojos, sin que nadie pudiese hacer nada para evitarlo.
Roque con el saquillo donde
depositarían el pajarraco ese, si lo atrapaban, inició su ascenso tras
Guillermo. En un abrir y cerrar de ojos, el par había conquistado al menos la
mitad del recorrido sin ninguna dificultad, hasta que Roque resbaló a causa de
una piedra que cedió a su peso, a todos los bajo él, simples espectadores, nos
dio el susto de nuestras vidas, el alma se nos alojó entre las suelas de los
zapatos y los calcetines, pero como nada se estabilizó de inmediato aferrándose
de quien sabe qué, esa mole era invencible y a pesar de haberse lastimado las
manos, los codos y las rodillas, como luego lo comprobamos, siguió su escalada
como si nada pasara, hasta culminar, asombrado de ver a Guillermo como
capturaba e inmediatamente devolvía la gaviota a su nido.
Guillermo siempre fue un romántico
enfermizo, cuando atrapó al bicho que chillaba como un condenado a muerte y se
dio cuenta que estaba empollando un par de delicados huevos, en lugar de
traérnoslo, dejó todo como lo había encontrado y descendió entre los graznidos
del pájaro aquel que se lanzó al vacío con sus extensas alas abiertas como un
planeador, mientras, de seguro, debía decir unas palabrotas muy gruesas, en una
lengua de la cual no entendíamos ni jota, solo agudos graznidos que lentamente
se confundían con el rugir de la mar bajo nosotros.
Roque lo puteó, lo mandó a la mierda
y un poco más lejos, gritaba más fuerte que el pajarraco que revoloteaba por
los alrededores. Sin decir nada, Guillermo, bajó a nuestro lado y nos contó lo
que había descubierto y el porqué de su accionar. Claro, a Roque, que le dolían
las magulladuras, esas razones le importaban menos que un carajo. Sin importar
nada, sin mediar más palabras quería a toda costa fajarse a golpes con el
romántico que había indultado al ave sin consultar a nadie. Roque temblaba, en
sus ojos se acumulaba la furia del universo. Él se lo tomó muy a pecho, en
especial por su forma de pensar siempre apegada a la lógica de la conquista
veloz sin importarle nada ni nadie, gracias a la que Guillermo constantemente
se sentía ofendido en especial cuando le tocaba el amor propio y su fe a prueba
de todo, menos de Roque, por mala del diablo, ambos siempre se llevaban la
contraria, una extraña relación de amor odio, que daba por lo regular buenos
resultados.
Pero para ser honestos, aquella
acción de Guillermo a ninguno nos cayó en gracia ya que a fin de cuentas todos
sabíamos que luego de la misión que el animalejo ese tenía que cumplir lo
íbamos a dejar en libertad y regresaría a su nido, cual si no hubiese pasado
nada.
Entre la incomprensión de todos, el
cabreo de Roque y el silencio de Guillermo, llegamos al punto de encuentro
acordado, allí nos admiró ver que David, Ricardo, Antonio y Luis Miguel, cada
uno tenía una gaviota en sus manos, pero lo que más nos dolió, fue constatar
que a diferencia nuestra, ninguno traía la ropa mojada o sucia, parecía que
hubiesen ido a una despensa y allí lo hubiesen pedido, pagado y traído para
restregárnoslas en las narices que ya empezaban a sentir el frío de esa noche.
Gerardo, quien fue con ellos se
había adelantado para comprar las taquillas de todos, así que, sin perder más
tiempo del perdido ya en la cacería, allí mismo escogimos al afortunado
pajarraco que vendría con nosotros.
Optamos por el que se nos antojó más
bello, blanco y bullicioso de todos, al resto los liberamos y regresamos sin
más tardanzas al pueblo. En un santiamén estuvimos bañados, cambiados,
perfumados y esperando reunirnos a las puertas del Bolívar para refugiarnos en
sus sombras.
Solo faltaban Gerardo, Antonio y la
gaviota por llegar, como siempre ese par llegarían tarde a todo, incluso a sus
funerales.
Mientras nos desesperábamos en la
espera, apareció el Gordo Peña con su delicado cuerpo de morsa y nos tendió la
mano ya sin odios ni resentimientos por la mala pasada que le jugamos un par de
veranos atrás y que, a costilla suya, dio mucho que hablar y reír al pueblo
entero durante un largo tiempo, aun cuando eso a casi todos nos costó una
inolvidable reprimenda y la prohibición de salir de las respectivas casas durante
largas semanas.
El Gordo andaba de paso, no le
gustaba el cine los domingos. Este es un día de guardar. Decía, allí, parado a
nuestro lado, sudoroso y agitado, con su papada de elefante antediluviano. Nos
acompañó hasta que llegaron el trío esperado y no bien llegaron, se perdió y se
dejó ir por las calles empedradas y bañadas por la luz oxidada y mortecina de
los faroles, enrumbando sus pasos hacia quién sabe dónde.
Pepito, que llevó el abrigo más
grande que logró sustraerle a su abuelo fue el encargado de transportar al ave
al vientre oscuro del Bolívar y que así nadie se diese cuenta de nada.
Para que no chille y nos delate
antes de hora, en su casa Gerardo, que fue el encargado de cuidar del ave
mientras todos fuimos a engalanarnos para la ocasión, le había envuelto en el
pico una goma elástica, teniendo el cuidado necesario para dejarla respirar
tranquila, pero sin posibilidad alguna de armar el barullo que metió, los
escasos minutos en que fue transportada desde los acantilados hasta el pueblo.
A pesar de que ya habíamos visto la
película la mañana del día anterior, no podíamos dejar de sentir las ganas
urgentes de volver a la gloria de aquella historia de crímenes, amor y suspenso
que nos tenía en vértigo constante.
Quién sabe si era una de las tantas
de Hitchcock que, hoy por hoy, casi ya a nadie le quita el sueño, pero eso sí,
recuerdo que Bárbara Bel no podía estar más bella esa noche.
A una orden de David, cuando la
pantalla pintó un cielo azul enorme con un mar extenso, Pepito liberó al
pajarraco tras quitarle el improvisado bozal del pico.
Un agudo graznido cruzó como una
veloz sombra la luz que se proyectaba hacia la pantalla, y fue a dar a ese
cielo de fantasía en repetidos intentos por liberarse del asecho de las risas y
gritos que empezaron a llenar la platea del Bolívar.
En uno de tantos intentos de fuga
rasgó la tela enorme de la pantalla, mientras don Celso, con un palo de escoba
trataba de pegar al entrometido bicho que estaba, no solo echando a perder la
función de esa noche, sino que ponía en franco riesgo futuras proyecciones.
Entre las risas de todos los que
veíamos al pobre viejo corriendo, palo en mano, tras el pajarraco asustado,
fuimos testigos de la mala maniobra del bólido alado, gracias a la cual don
Celso puso punto final a la persecución.
Del suelo tomó a la agonizante,
esbelta y blanca gaviota, y con paso firme, con un fuego clavado en sus ojos,
como brasas rojas en la noche más oscura del mundo, se acercó al grupo y me entregó
la gaviota sin decir nada, solo señalando para todos, con el dedo tembloroso,
la puerta de salida, mientras en mis manos tras los últimos estertores y
pataleos, el pajarito llegaban a su fin.
Aquel dolor se emponzoñó en su pecho
más fuerte que nunca, la escasa visión que tenía de su entorno se diluía en un
oscuro vértice y el constante sonido del electrocardiograma dio paso a un
constante miiiiii que se apagaba en su oído a lo lejos, mientras las luces del
Bolívar tendían a gris oscuro, más oscuro, y de pronto, como de la nada escuchaba
una vez más el mar próximo a los acantilados que lo llamaba con un eco repetido…
viernes, 10 de octubre de 2014
Crónica de familia
A mi viejo, que calla y no cuenta las historias,
todas, de una novela con sabor a querencia.
Plácidamente descansaba en su delgada cama de segundo piso tras un
día de agitación rutinaria, era jueves, y al día siguiente iniciaban los
exámenes que darían por terminado el ciclo de estudios de su último año de
bachillerato.
La tarde había sido entregada a las obligatorias lecturas, a los repasos
de la materia en los cuadernos de apuntes, a los cálculos y las especulaciones
de lo que podían ser los exámenes anunciados para el día siguiente.
Dormir era un buen recurso, en especial cuando se tenía un compromiso
académico para el cual se sentía preparado. Así se había acostumbrado a
hacerlo, en lugar de quemar pestañas durante la noche en repasos, que solamente
lo dejarían exhausto, y con cara de pocos amigos para la dura prueba del día
que vendría con la mañana siguiente.
Era la antesala de un viernes cualquiera, y en la calle los bohemios de
siempre, entre ellos su hermano, uno de los tantos, el más alocado de todos,
copa en mano brindaba por los dulces placeres de la vida, discípulo de Baco, no
perdía oportunidad de festejar su paso por el mundo, a la hora que fuese, sin
importarle en lo más mínimo el dónde, o el con quién, simplemente alineaba
bebidas, brindis y sonrisas en una interminable hilera que desaparecía
únicamente cuando eran consumidas, o consumadas, todas.
Posiblemente
estaría soñando en los brazos de su rubia, en su enamoradita de varios años,
linda toda ella de los pies a la cabeza, en sus labios de fuego, en sus buenas
y malas intenciones, en cambiar la almohada por sus carnosos pechos, donde
reclinar la cabeza era más que un gozo, el quinto cielo, las puertas del
infierno.
Posiblemente
se encontraba en lo más profundo del primer sueño, o del segundo, cómo saberlo.
Cuando en eso fue despertado, o mejor aún, arrebatado con brusquedad de los
acolchonados y tibios brazos de Morfeo.
La
desdibujada voz lo instaba a salir a la calle, no ha festejar la vida, sino a
salvar la de su hermano que, ebrio ya, se encontraba en medio de un pleito en
proceso y del cual, a las claras, no tenía oportunidad de salir airoso.
Vicente, el
Loco, como era ya conocido en el bajo y el alto mundo, en las avenidas, calles
y recovecos, había iniciado temprano con su acostumbrada juerga. Tras las diez
o doce cervezas de calentamiento, él y su grupete, habían pasado a beber como
varones, como siempre lo hacían.
Habían
iniciado la rutina del jueves a la salida de sus oficinas, los amigotes de
siempre pasaban a buscarlo a la hora en punto, José Trinidad, el Tripa, llevaba
la voz cantante y la guitarra amarga; Antonio Elear, el Gallo, su buen humor y
la filosa lengua que no perdonaba nada, que no olvidaba a nadie; y el
infaltable Jorge Gross, Fosforito, animoso y juguetón, encendedor de cuantas
broncas y pasiones le pudiesen caber en el huesudo pecho, mujeriego y bohemio,
poeta frustrado por el amor y las penas que heredó de una mujer que se le fue
llevado, de a poco, el alma a la cama de un matrimonio que no era el suyo.
La
desesperada voz que no podía elevarse al cielo, como lo hubiese querido su
dueño, más por miedo del don, del dueño de casa y su temple, que por apego a la
decencia, la moral y al respeto del sueño ajeno, le cayó como un balde de agua
fría que lo sacó de una vez y sin medias tintas del sueño y la cama.
- ¡Ogro!
¡Ogro! Ernesto. Levántate, que al Loco lo van a matar en el mercado de arriba-
Sentenció envuelto en un vaho alcohólico el Gallo, a quien la palidez se le
reflejaba en la cara medio magullada por los golpes recibidos. – ¡Apúrate
hombre!!! – Insistió con una voz mezclada entre la urgencia y el miedo, entre
la desesperación y el agobio del saberse incompetente en estos casos, donde su
endeble cuerpo se volvía una mierda, una masa de nervios, un impotente
espectador incapaz de poner el pecho ante las balas y los golpes.
Ernesto era
un buen muchacho, de esos que hay pocos, fraterno y desinteresado en la
amistad, hijo amoroso, cariñoso y leal amante, deportista consumado en las
canchas del fútbol barrial de las terceras y segundas divisiones, se había
alzado con el reconocimiento de la prensa al obtener un buen sitial en las
últimas tres competencias de natación por las fiestas de la Ciudad del Lago,
por distraerse un poco le entró a la práctica de la lucha greco-romana y al
baloncesto sin dejar de lado, nunca, por nada del planeta, sus estudios, donde
figuraba siempre en cuadros de honor, ejemplo vivo en la lengua de los
profesores y autoridades del colegio, envidiado y odiado por muchos, deseado por
tantas.
Doña Luz, su
madre, un día que no encontraba que hacerse en casa, y como buscando pretextos
para hacer algo, salió a dar una vuelta a las calles, por cambiarle el aire al
encierro hogareño, optó por ir al centro, y de vuelta, pasar al colegio de su
pequeño, de su último hijo, para con él, del brazo, llegar hasta la casa a la
hora del almuerzo.
En las
inmediaciones del instituto donde su hijo se forjaba para las lides que, dicen,
aseguran el futuro, la doña se cruzó con los uniformados compañeros de estudio
del colegio de su vástago. Airosos iban gastándose bromas entre ellos, hablando
alto, como hombrecitos, enfundados en sus pantalones de tela negra, sus camisas
blancas donde se balanceaba la corbata, negra como el pantalón, y el sweater
verde olivo, donde la insignia del colegio iba pegadita al corazón con sus
amarillos y azules tonos.
No pudo
evitar escuchar mil pláticas peregrinas, en especial la de un par de mozalbetes
que caminaban a su paso, a menos de una cuarta de ella, en la que uno de ellos
callaba al otro, según su decir, toro bravo y canchero, con un reto que le
salía desde el fondo del alma.
- Si te
crees tan varón. – Le decía casi sonreído, pinchándole en lo más doloroso de la
hombría. - Si en verdad eres tan macho, cáete a golpes con el Ogro, y luego
hablamos.- Sentenció, y le enseñó una amplia sonrisa de luna en cuarto
creciente.
Obviamente,
la doña no tenía idea de quién ellos hablaban, pero pensó, que el mentado Ogro,
debía ser un tipo malo, uno de los peores, de esos de barrio bajo, fichado al
no bien nacer por la policía, uno de esos pobres diablos forjado a fuego,
musculoso, caremalo, lleno de cicatrices, tatuajes, y quién sabe cuantas cosas
más.
Grande fue
su sorpresa cuando al divisar a Ernestito, a la salida del colegio, sus amigos,
en lugar de llamarlo por su nombre, por el del santo al que ella lo encomendó,
tras su nacimiento, le comunicaron la visita materna con un llamado que, a
ella, le retumbó en los oídos.
–Hey Ogro,
que tu madre te viene a buscar, cuidado si el bebe se pierde. – Las risas no se
hicieron esperar, incluso la de Ernesto.
Se levantó
de la cama, dejando el sueño pegado en la almohada. Salto de la litera tratando
de no hacer mucho ruido, respetando el sueño de los viejos en la habitación
contigua. Se vistió con lo que tenía a la mano, sin perder la calma, pues no
era la primera vez que debía rescatar, a alguno, de los filosos dientes de la
desgracia.
Marco, otro
de sus hermanos, un santo a decir de muchos, que dormía en la planta baja de la
litera, despertó mal humorado y con pastosa lengua, sin preguntarle nada a
nadie, mandó a la mierda al mundo, y a los intrusos al carajo, por haberlo
despertado a medias, y continuó durmiendo, sin inmutarse.
Ernesto
terminó de calzarse unos tenis, agarrar un abrigo del perchero y a hurtadillas
salir a la noche que lo recibió con una fría bofetada en la cara.
No era
casual que a Vicente lo apodaran Loco, exiliado a fuerza de voluntad y pujanza
de la cordura cotidiana, bailaba al son que le tocasen y mejor aún si, en las
orgiásticas representaciones, de las cuales era actor protagónico, corría a
raudales, cual leche y miel, el dulzón sabor de la caña macerada, el ron y el
aguardiente.
Un año
atrás, más o menos, posiblemente más que menos, había salvado su vida de
milagro, cuando el tiro certero de un pistolero gringo, dizque enamorado, más
por los efectos del alcohol, que de amor verdadero, le pasó rozando el corazón,
desgarrándole el alma, por causa de una fulana que nadie había visto nunca, ni
volvió a ver jamás.
Del gringo con
carné diplomático nada se supo. Nadie supo de él más nunca, se lo tragó la
tierra, se hizo humo, posiblemente gracias a lo diligentes que son los señores
de la embajada, cuando les interesa, claro.
El pobre
Loco, herido de muerte en lo más suyo, debatiéndose entre el ser y el no ser,
entre el estar o dejarse ir, guardó cama, entre sábanas blancas, enfermeras,
tubos, sueros, lavativas, quirófanos y diez mil torturas chinas más. Casi un
mes permaneció hospitalizado sin ver el sol, sin festejar la vida.
Coger cabeza
con eso, ni pensarlo, dios lo libre y lo ampare, tranquilizarse y volver al
mundo de los cuerdos, no, ni que estuviera loco, eso fue nada más que un
descansito, una especie de tente en pie, claro, en este caso un horizontal
tente en pie y aguántate tantito que para él se contaba como un respiro
vacacional.
Al salir del
claustro médico a la luz del sol, al viento de una tarde de verano, aún
convaleciente de una casi firmada defunción, y con receta en mano, lo único que
pensó fue en un par de buenas cervezas. Lástima que ese día no podría ser y
quien sabe cuantos más, pues de él estaban muy pendientes, y al acecho, Doña
Luz y Nora, su mujer que en ese instante iba rezagada, de la mano con uno de
sus tres hijos, el Chinito, Luis, nieto predilecto del abuelo del mismo nombre.
Esa tarde
luego de la acostumbrada ronda de cervezas en la fonda de doña Concha, y tras
una buena tanda de canciones lloronas, como a Trinidad le gustaban, de esas que
mandaban a sentar hasta a los más alegres y revolcarse en sus oscuras penas,
canciones que coreaban todos por igual, todos con el alma en los labios,
dejaron al viento inflar las velas de la aventura y surcaron con rumbo incierto
a donde les quiera llevar la noche que acababa de anunciarse en los anaranjados
pliegues del cielo.
Estaba
previsto que a eso de las ocho, como tarde, en la acústica plaza de audiciones
del municipio se presentarían, entre otras agrupaciones, la de la sensualota
Susana y su Son, y las infaltables, bien contorneadas, talladas a mano, y bien vistas
por todos los lados, más buenas que el pan, las siempre deseadas, Hijas del
Mambo, era pues un compromiso fijado. Daba tiempo para ir a engullir alguna
masita de camino a casa del Gallo, donde no vendría mal una apurada siesta si
el tiempo se los permitía.
De donde
Concha, pasaron a lo de Rosa y sus frituras de cerdo. Para chuparse los dedos
los bocadillos que devoraron en un abrir y cerrar de ojos. Con las panzas
llenas, quedaba asegurada una larga noche para la inagotable provisión de
alcohólicas bebidas. De donde Rosa, a la casa del Gallo solo bastaba doblar la
esquina. Allá se encaminaron.
Dormir en
casa de Antonio, ni muertos, las ventajas de la soltería del llegado de
provincia que vive solo y bien, gracias al jugoso sueldo de hijo, se imponían,
dormir, ni pensarlo. El buen Gallo, descendiente de hacendados y ganaderos del
norte, vivía de la pingüe renta mensual que le enviaban los padres, morando
resignadamente en una de las casitas que la familia poseía en la capital, casi
nada, pobre de él.
A no bien
llegar, sin dejar que el frío de la noche se les salga de los hombros y la
ropa, antes que el último de ellos llegue a sentarse en el amplio sofá o a
tirarse en los cojines del suelo, el anfitrión ya había abierto una botella de
ron, uno de los buenos, de esos traídos directamente de las tierras calientes
de este planeta y lo servía copiosamente a los comensales que tenían desde esa
hora ya sus ojos clavados en las piernas, las tetas y el redondo culo de las
muchachas que se presentarían en un par de horas en la acústica plaza de las
estrellas.
En la calle,
las farolas alumbraban las aceras y el adoquín de las vías con su amarillento y
enfermizo tono, muy pocas personas y automóviles circulaban ya por esa zona, no
debía ser aún muy noche, pensó, e inmediatamente miró su reloj, faltaban diez
para la una de la mañana.
Junto a él,
desesperado, ebrio, tambaleándose a ratos, con claras marcas de combate
reciente y con la ropa ligeramente sucia, iba Antonio, quien hablado, más para
sí, que para nadie, lo apuraba con un relato desordenado de los últimos
acontecimientos, mientras caminaba midiendo las aceras de un lado a otro.
Ernesto
seguía a buen paso el zigzagueante caminar de su compañero, pero no se apuraba
mucho, estaba ya habituado a este tipo de relajitos y a los apuros de borrachos
en aprietos, sabía que todo esto no pasaría de ser una pelea callejera y que
entre el Fósforo, el Tripa y Vicente se arreglarían bien con cuantos se les
cruzasen al frente.
El ron sabía
bueno, como siempre, y acompañaba de la mejor manera a mantener el ambiente de
fiesta a los reunidos en la casa de la familia Elear. Bromas iban y venían,
carcajadas, mentadas de madre, de todo se filtraba por los cristales hasta la
calle donde moría ya la luz del día e iniciaba a reinar la humilde luz
eléctrica del alumbrado público.
Había que
controlar el tiempo, no sería bueno llegar tarde a la cita fijada con las
muchachas en la tarima, además querían salir temprano para ganar un buen sitio
en primera fila, para que, si fuese del caso, y por maldad del diablo, a una de
ellas se le ocurriese caer, caiga en los brazos de uno de ellos.
El único que
tuvo la dicha de refrescarse en la regadera tibia y cambiarse de ropa para
salir a la noche fue el dueño de casa, Gallito, nuevo, oloroso y perfumado; el
resto lo único que atinaron a hacer, fue a dejar los maletines llenos de
trabajo y papeles junto con las corbatas rendidas por los suelos. Los más
urgidos aliviaron el cuerpo y partieron rumbo a la seductora ruta de una virgen
noche que se abría como flor, todos con una sonrisa de oreja a oreja, y
dispuestos a torear el toro que les toque en suerte.
Gross y el
Tripa no dejaban de tirar puyas y dardos venenosos a la elegante figura del
Gallito, quien con su sangre espesa no se daba por enterado, y como ignorado,
para provocar, no devolvía las galanterías a sus amigos, los ignoraba de plano,
abofeteándoles las narices con su aroma a baño y colonia fina que, de seguro,
era un buen anzuelo para cualquier hembra, y de las buenas.
Caminaban
las cuatro figuras altivas, gallardas iban abriéndose paso por la noche, nobles
caballeros de la mesa cuadrada, caminaban sosegados cruzando casas y calles,
botella en mano, prestos a cualquier desafío, a luchar cuerpo a cuerpo con
dragones y princesas, con princesas de preferencia. Apretados se los veía pasar
rumbo a la acústica plaza municipal, confundidos entre todos, idénticos a
cualquiera de los peatones que a esa hora pueblan las calles de vuelta del
trabajo a sus dulces y tibias casas, o rumbo a cualquier parte, de la mano con
las novias o los amantes, con los maridos del brazo.
Media ciudad
se les había adelantado a su llegada. El escenario sin estar lleno del todo ya
albergaba a más gente de la que ellos, precavidos caminantes de la noche,
guerreros de armadura blanda, esperaban y habían anticipado en predicciones y
cábalas de corcholata.
Sin perder
el ánimo, ni aflojar el temple, buscaron un lugar que ofreciese despejada vista
hacia la tarima, no tuvieron que andar mucho, a la derecha del tumulto que se
agolpaba en las primeras filas había espacio de sobra para el grupo, que optó
por sentarse en la grama hasta que los técnicos del sonido y las luces,
comprueben que todo estaba a punto y dieran paso a las estrellas de la noche y
sus suculentas figuras.
Dos ligeras
rondas, a lo sumo, duró la botella que terminó en el vientre oscuro de un gran
basurero, espantando a las moscas gordas que dormían allí dentro. Vicente, como
siempre, con dos tragos arriba perdía las cortas riendas del deber, o mejor
aún, las cambiaba por las largas y laxas bridas del beber, por ello al dar por
muerto al ron, partió con conocido rumbo tras una nueva damajuana, quizá no tan
buena como la anterior, pero respetable para él y su séquito.
Al llegar
nuevamente junto al grupo, en la tarima ya el presentador oficial pedía la
atención de los presentes, era uno de esos babosos que se creen semidioses por
ser dueños de una carita linda de cromito de telenovela, y por tener la suerte de posar su exiguas
nalgas en los sillones frente a las cámaras televisivas donde no paran de
hablar más mierda que la necesaria y se creen eruditos a la hora de aconsejar
al mundo la mejor manera de llevar una vida digna, uno de esos bebitos de
vanidades que matan a las quinceañeras con un lance y un pestañeo, allí con su
ropita planchada y a la moda, daba lengua al micrófono anunciando el gran
espectáculo que estaba por iniciar.
Los
chiflidos no se hicieron esperar, y el Loco, desgraciado como siempre,
agarrándose los guevos con la mano libre, ya que de la otra no se desprendía
aún la botella, le gritaba al pobre muchacho que él, su padre, le iba a enseñar
a ser varón, costase lo que costase.
- Maricón de
mierda, que mal me cae ese desgraciado, es como un golpe al hígado, si no es
por las mujeres que están buenas, me largo de aquí a casa, aun cuando me toque
chuparme la bronca con Nora – Decretó el Loco con una sonrisa, mientras se
disponía a abrir la botella y como quien acota, terminó por decir, ya en tomo
más calmado y como para los amigos, –Nora o la botella, la botella o Nora.
Diablos que dilema...- e inició a servirse en un vasito plástico, el primer
trago para sí mismo, y tras saborear concluyó. – Bueno, que Nora espere.- Y
sonrió como a nadie, como a la noche, como si tuviera a Nora enfrente.
De un
momento a otro los conjuntos musicales calentaron el ambiente y los ánimos, la
mayoría de los que llegaron hasta el lugar fueron acompañados y se veían
gozando a todo lo que les daba el cuerpo con sus parejas, unos abrazados y
tratando de moverse en la apretada masa frente a la tribuna y otros, algo más
libres bailando e improvisando pasos al son que se imponía desde la tarima,
gracias a las orquestas que hacían su presentación con una entrega única,
claro, de primero no sueltan las mejores presas a los lobos hambrientos, por
las musas, por las divas, había que esperar.
No sin
disfrutar, como todos los allí citados, el cuarteto se encontraba ya en medio
de un mar de gente que se peleaba por alcanzar un buen lugar para presenciar el
espectáculo, ellos se habían ya asegurado la posesión de un territorio
inalienable, por el cual, de ser necesario, hasta derramarían sangre, si a
alguno tan solo se le ocurría arrebatárselos.
No era un
beber desesperado el que tenían, lentamente consumían la segunda botella de la
noche para dar tiempo al deleite y la contemplación. Y es que claro, quien no
se quedase boquiabierto contemplando ese desfile de mujeres, una más buena que
otra, debía de chequearse, a ojos del cuarteto como que no hacía falta esperar
a que las cantantes suban al escenario, eran sobradas y abundantes las
chiquillas pizpiretas que, alocadas como mariposas de la noche, deambulaban por
allí, de a dos, de a tres, en manadas, si al caso, alterando los sentidos de
quien sea, y más de esos cuatro mosqueteros siempre en celo.
Al rato
subieron las esculturales cantantes con sus torneadas piernas, sus frondosos
pechos, sus redondos y redomados culos, al escenario. No bien estallaron los
acordes toda sus estructuras corporales iniciaron a moverse al son de la
música, y con ellas, de un lado a otro, los ojos de casi todos los allí
presentes, sin importar su condición o definición sexual, todos y todas, locos
y locas, por alguna razón se perdían en la contemplación de aquellas divas, sus
pasos, del ritmo llevado en las cinturas, las piernas, las leudadas caderas,
pero, sobre todo, en los solemnes y provocativos culos que estaban tan a la
mano y a la vez tan distantes.
Pasaba
apenas de ser las 10 de la noche y el friíto se había sembrado ya en los
alrededores de la plaza donde el espectáculo estaba en sus buenas. La música
sobrepasaba las barreras de cemento y ladrillo desparramándose por los
alrededores donde deambulaban aún muchos peatones, bohemios, poetas enamorados
de la luna o de un farol con sabor a historia y esperas. Locos, vagabundos,
mendigos de sonrisas y moneditas, fumones, borrachines alegres, pillos de
primera y segunda categoría, o simplemente jóvenes y viejos enamorados que
caminaban de la mano, como confirmado que es posible creer en la existencia de
la totalidad encontrada, del compromiso de soñar despiertos, de ser felices aun
cuando luego se parta el mundo y el alma se vaya al carajo, o a la mierda que
es lo mismo; todos, pasando sin detenerse mucho a contemplar el lento devenir
del tiempo, simplemente dejándose llevar, pasan y se perdían al doblar alguna
esquina o en la oscuridad de la larga noche.
Dentro; el
ruido, el baile, la alegría generalizada era lo que se imponía, mientras que, a
un lado de todos los congregados, los cuatro jinetes, domadores de noches y
botellas, ya habían olvidado a las actrices del escenario, cambiándolas por un
par de lindas y coquetas muchachitas que reían con ellos, de sus locuras, de su
alegría, de las ganas que les despertaban y que se les notaba, de pies a
cabeza, en cada movimiento.
Trinidad y
Gross, como era costumbre en ellos, y gracias a la habilidad de sus lenguas,
habían conquistado en poco tiempo la atención de las dos mocitas, quienes sin
querer o queriendo, poco a poco, limpiaban el terreno a los raudos corceles que
pretendían ingresar en sus fortalezas a saquear lo que encontrasen, o a
quedarse dentro, si eran bien recibidos, y el banquete les satisfacía por
completo, cómo saberlo.
Vicente más
interesado en disfrutar de su soltería transitoria y efímera, que del par de
jovencitas, y con el alcohol dando vueltas por su cabeza estaba desesperado por
salir de allí, y no para ir a casa obviamente, sino porque a su gusto ya había
visto lo suficiente y empezaba a aburrirse, por lo cual instó a los compañeros
de batalla a abandonar la plaza, enfundar las espadas y partir en busca de
nuevas aventuras, solicitud que fue aplaudida por Antonio que no había llevado
ningún agua a su molino por quedarse colgado de los labios de la sensual Susana
mientras, según él, le dedicaba todo su repertorio.
Fue ardua la
tarea de convencer a los engolosinados conquistadores de salir de allí, así que
sin otra opción más que solicitar a las damiselas que los acompañasen, el
grupo, con las nuevas integrantes abandonó el concierto y soltaron los
velámenes al viento, rumbo a algún lugar más tranquilo y menos concurrido, algo
más íntimo, donde charlar, bailar, sentarse tranquilos y beber hasta perder lo
que sea necesario, antes de volver a casa.
Los
misioneros al rescate de los compañeros en apuro doblaron la esquina, donde se
encuentra la despensa del viejo Ramos, frente a la escuelita Cuba, y a no bien
salir a la bocacalle, tres cuadras arriba, la gente se agolpaba tras las mallas
que resguardan el mercado de los amigos de lo ajeno, no eran muchos, pero para
la hora, eran un grupo inusual.
Antonio y
Ernesto apretaron el paso, y casi a la carrera llegaron hasta confundirse con
los mirones y las doñas que no se despegaban del enrejado, como quien no quiere
perderse nada de lo que allí dentro ocurría.
Entre las
sombras se veía un movimiento inusual de cuatro, cinco, o quién sabe cuantos
tipos más, los que estaban enfrascados en una pelea de grandes proporciones, no
se distinguía con claridad a nadie.
Del interior
únicamente llegaban a la calle los sonidos de golpes, las quejas, el caer de
algún cuerpo al suelo y de pronto, un ligero clamor de ayuda que en los oídos
de Ernesto se transformó de inmediato en una orden imperante.
Subieron las
cortas escalinatas que dejan atrás el ruido y la música, iban los cuatro, unos
más entusiasmados que otros, parloteando alegremente con Leonora y Beatriz,
ambas mozas lindas, menuditas, ligeritas como para llevárselas a cualquier
parte, caminaban sin rumbo fijo, la idea era llegar a algún bar de paso, beber
un par de tragos e intentar prolongar la noche lo más que sea posible, en
especial los tres solteros que no tenían ningún perro que les ladre, nadie
quien los espere, y por tanto, disponían de todo el tiempo del mundo para
hacer, y deshacer, sus vidas.
El día
siguiente sería un viernes ligero. Trabajo a medias, resaca asegurada por todos
los costados, no había por qué preocuparse mucho, a fin de cuentas ya cada uno
era dueño de su vida y podía disponer de sus tiempos como mejor le pareciese.
Vicente era
de entre ellos el más animado, apuraba al grupo, piropeaba sin distinciones a
ambas jovencitas que, del rubor inicial, habían pasado ya al simple sonreír a
boca llena que las hacía ver más lindas, más deseables, más coquetas.
Al poco
llegaron al nuevo bar de moda, próximo al mercado, en el vecindario donde
estaban las casas de todos,. El ambiente se sentía bueno, acogedor y como
siempre, estaba concurrido hasta las banderas. Sonaba una buena y acogedora
canción de moda, y sin más, pasaron al tibio interior, oloroso a cigarrillo,
perfumes, alcohol y especialmente a hormonas.
En la pista
de baile se apretaban los cuerpos con las luces, la sensualidad de los
movimientos de muchas parejas ponía alerta hasta al más despistado, llevadas de
la mano, José y Jorge sacaron a sus niñitas a bailar, a confundirse en ese
fragoroso batallar justo cuando iniciaban a sonar un buen merengue, de esos que
se bailan pegaditos, apretaditos sintiéndose, el uno a la otra, hasta el alma y
quien sabe algo más.
Con las
bebidas servidas en la mesa, Vicente y Antonio, se relajaron mientras las
nuevas parejitas se deshacían en complicados pasos de baile, los que a decir
del Loco, eran mucho para sus años, y más para su ebriedad; y no es que fuese
un viejo, a duras penas llegaba a los treinta, pero si algo era cierto es que
había bebido lo suficiente como para mandar a la cama a cualquier mortal, pero
él continuaba casi intacto, apenas arrastraba la lengua al hablar, fuera de
eso, quien lo veía hubiese jurado que, cuando más dos o tres tragos eran los
que llevaba adentro.
El Tripa no
era un mal bailarín, disfrutaba de la música, sentía su ritmo metiéndosele
hasta lo más profundo de su sangre, como un raro escalofrío se le subía por los
huesos, posiblemente por eso de su origen negroide, del cual, demás está decir,
se sentía orgulloso. Sin perder el ritmo, apretaba, soltaba, tiraba, lanzaba,
giraba y volvía girar, siempre con una sonrisa enorme donde lucían mejor que
nunca sus dientes más blancos que la leche; con él Leonora bailaba sin perderle
el paso jamás, era buena la muchachita y tenía un cuerpo que levantaría hasta a
los muertos de sus tumbas.
Alrededor de
ellos algunas parejas habían perdido el ritmo o simplemente habían dejado de
bailar para extasiarse contemplándolos, intentando captar sus movimientos para,
quién sabe cuándo, ponerlos en práctica y ser ellos las estrellas de la noche.
José no le
daba mucha mente a los mirones, él disfrutaba tanto bailar que no era raro
verlo en bares o fiestas bailando solo si no encontraba con quien hacerlo,
muchos de sus conocidos le solían molestar diciéndole que a él la pena se le
iba con la música, que no bien escuchaba algún sonido tropical, se le subían
los antepasados a la cabeza y que él no era él, sino un emplumado brujo de
alguna de las tribus africanas quien lo poseía; él simplemente reía.
Más hacia lo
oscuro, y procurando no llamar mucho la atención, Jorge bailaba apretado a la
rubia Beatriz, quién sabe cuantas cosas le decía a la oreja a ese primor de
mujer, quién sabe los cuentos que se inventaba ese desquiciado pirómano del
amor, lo que fuese daba resultado de inmediato la mocita no le quitaba los
brazos de arriba, lo miraba con ojos cada vez más enamorados, atentos, tierno
corderito que va tranquilo al matadero, parecía la princesita.
El Fosforito
era un maestro en esas lides, sabía de memoria todos los caminos y atajos,
conocía las palabras claves y las usaba sin discreción alguna, cebaba siempre
sus anzuelos con la mejor miel y las más tentadoras carnadas, para no fallar
jamás, no era un tipo lindo, a duras penas llamaba la atención en la calle,
pero su voz de galán, de locutor de radio, le ayudaban soberanamente con las
conquistas.
En estos
menesteres a Gross se lo veía siempre seguro de sí, a la que ponía en la mira,
sucumbía en sus brazos. No tenía miramientos ni reparos con ninguna. No le daba
mente a nada. Solteras, viudas, casadas y divorciadas, desfilaban por sus
brazos y por su cama; ni la edad le importaba mayormente; como justificación
solía decir que “lo que Dios da, debe ser siempre bien recibido, decir gracias
y callar la boca”. Discretos como él, muy pocos, de su vida y sus hazañas
solamente los más íntimos conocían, y no todo.
Para él la
actitud de casanova había dejado de ser un simple juego de conquistas, para
convertirse en su vida. Ya una vez apostó el alma y el corazón, y los perdió
para siempre, no lo haría más nunca, juraba, por la memoria de su santa madre.
Quien aún viva, rosario en mano, debía esperar en vela su llegada, para así
poder dormir tranquila, sabiendo que el hijo pródigo, de vuelta en casa,
dormiría a salvo del mundo y sus tentaciones.
Apretada
contra el cuerpo del Fosforito, Beatriz cedió poquito a poco. Las expertas
manos de Gross escalaban las redondas nalgas de la muchacha mientras los
comunes labios se buscaban como dos sedientos caminantes que descubren un oasis
en la boca del otro.
Como de la
nada aparecieron cinco tipos que arrebatando a Beatriz de los brazos de Gross
lanzaban improperios, puteadas y amenazas subidas de tono, que sobrepasaban el
sonido de la música y que indiscutiblemente llamaron la atención de quienes
hasta ese instante bailaban tranquilos en la pista.
En torno a
ellos se dispusieron los que, hasta ese instante, estaban felices, disfrutando
de la noche y el baile, contemplando, sin entender lo que pasaba, mirando como
arrebataban de los brazos de Gross, aquel pedacito de cielo, aquella noche
había encontrado.
Dos de los
cinco hombres que arrinconaban a Gross contra una columna próxima a la barra
del bar eran hermanos mayores de Beatriz. El grupo aquel acaba de llegar al
bar, quien sabe si por casualidad, o por malas de diablo, lo cierto es que
descubrieron a la pareja fundida en un beso largo, de esos de telenovela, lo
que debe haberles chocado de por sí, pero además, y para colmo, con un hombre
que tanteaba libremente el dulce y redondeado culo de su hermanita.
Sabiendo
como son de celosos los hombres de esta tierra con sus mujeres, de seguro esa
visión les disparó la sangre a la cabeza, no lo pensaron dos veces y se
abalanzaron en cerrada formación de ataque contra el abusivo asalta cunas que
tenía entre sus brazos la más preciada prenda de la familia.
Beatriz
buscó a Leonora y la sacó casi a rastras del bar, se perdieron en la noche como
dos fantasmas. El Tripa no supo lo que pasaba sino hasta que el bullicio contiguo
le llamó la atención, mientras veía a las dos chicas perderse tras el umbral de
la puerta que daba a la calle.
Vicente y
Antonio no tardaron en reaccionar frente a los acontecimientos, no bien inició
el pleito abandonaron sus cómodos asientos, y sin mayores atropellos llegaron a
pararse a las espaldas de los tres hombres que escoltaban a los hermanos
furibundos que, a empellones, amenazaban al Fósforo, quien, a juzgar por su
cara, aún no se enteraba de lo que estaba ocurriendo y cómo había ido a parar
en medio de aquella refriega, sin haber sido convocado.
Abriéndose
paso entre las parejas que habían formado un semicírculo en torno a la
contienda, Antonio se parapetó junto a sus compañeros y no tardaron en lanzarse
a socorrer a Gross del barullo y los empujones.
Los bravos
advenedizos lanzaron el primer golpe que con facilidad esquivó Gross en el
instante mismo que la música dejaba de sonar del todo y Andrés Mafra, el dueño
del bar y amigo de todo el mundo, se paraba en sus talones en medio de la pelea
instando a los revoltosos a salir a la calle a limar sus ásperas diferencias.
Los
putamadrasos y las acusaciones poco decorosas sonaban con estruendo, Mafra, con
su cuerpo de oso no aceptó razones ni nada, del brazo, cual si fuesen dos
plumas, sacó a la calle a Gross y a uno de los hermanos, el que por su aspecto
parecía ser el mayor y el más furibundo.
Tras ellos
salió la comitiva alistando las armas, desenfundando las espadas, calzándose
los guantes, sabiendo que la honra de los hermanos de Beatriz solamente sería
lavada con sangre y golpes.
A la luz
oxidada de las farolas de la calle el pleito se armó en grande, cinco contra
cuatro, nadie se metía, en la esquina del mercado, junto al portón principal
los dos hermanos se fajaban a golpes con el Fósforo, mientras los tres
mosqueteros contenían a los acólitos que demostraban ser buenos para esas
lides. Poco a poco, el combate se fue introduciéndose al mercado, cuando el
primero en caer fue el Gallo, a quien dejaron sentado en la calle mientras
cerraban las puertas de acceso al mercado y la pelea subía de tono en el
interior del enrejado.
Antonio se
incorporó casi de inmediato, intentó entrar a la lucha y se dio con las puertas
cerradas con candado en las narices, no lo pensó dos veces, debía buscar
refuerzos, se sacudió la desaliñada presencia y casi a la carrera bajó las
calles hasta llegar a la casa del Loco Vicente.
El pedido de
ayuda le retumbó en los oídos y la sangre, se separó unos pasos de la malla de
más de tres metros de alto y como si se transformase en uno de esos súper
héroes de tira cómica, de un brinco subió a la malla y cual un arácnido la
trepó sin ninguna dificultad, desde lo alto, sin pensarlo dos veces se lanzó al
vacío, se incorporó y a la carrera se mezcló en aquel duelo.
No bien
ingresó tumbó a uno en un santiamén, mientras descubría en el piso a su
hermano, magullado, sangrando por la boca rota en flor, -Ernesto, ayúdame-
atinó a decir el Loco, con palabras ebrias desde el suelo al ver la contundente
presencia del hermano a su lado.
-Me pegaron
Ernesto, me pegaron unos hijueputas, ayúdame hermanito, ayúdame –no pudo seguir
más, se le fueron las lágrimas y cayó rendido.
Ernesto a
pocos metros vio otro cuerpo en el suelo y se aproximó a él, era un desconocido
y no le prestó atención, adelante Gross y el Tripa recibían más golpes que una
tambora en fiesta, tres tipos les tenían a su merced, Ernesto no esperó ser
invitado, se les fue encima como un camión sin frenos, al primero que tuvo a
mano lo agarró del cuello, lo llevó a su alcance y de un par de golpes lo sentó
en el piso.
A esa altura
de la refriega los cuatro mosqueteros habían sucumbido junto a los dos hermanos
de Beatriz y uno de sus acólitos, los otros dos, al parecer conocedores de la
fama del Ogro, a no bien verlo, tras tirar al piso al mayor de los
buscapleitos, pusieron pies en polvorosa y desaparecieron sin presentarse a la
batalla, sin dejar rastro de su existencia.
Ernesto
recogió a los estropeados combatientes y en hombros, de uno en uno, los sacó a
la calle, tras hacer bolar el candado del portón con el golpe certero de un
tubo metálico que encontró en el camino.
Ernesto sacó
en andas a Vicente, luego a Gross, montado en un hombro, mientras Trinidad
salía ya por sus medios, caminando, casi al desfallecer, a su lado. Cuando salieron
a la calle, Ernesto evaluó la situación, no se veían tan mal como esperaba, el
más golpeado era Vicente, que de lo ebrio que se había puesto estaba a un paso
de dormirse y no darle mente a sus magulladuras, observó que las lastimaduras
en la boca habían dejado de sangrar, y lo mejor, pensó, sería llevarlo a casa
para que lo laven y lo metan a la cama.
Llamó al
Gallo y le encomendó la tarea, a lo que no de tan buena gana aceptó, si lo hizo
fue más obligado por las circunstancias, que por dar una mano al amigo caido en
desgracia, ya que el Gallo sabía que si la pelea que acababa de terminar fue
grande, la que le esperaba donde Nora era, con las diferencias del caso, sino
igual, mayor que esta.
Levantaron
al Loco de la acera y con uno de los mirones comedidos, posiblemente uno de los
conocidos del Gallo, llevaron, terciado en los hombros, a Vicente, calle abajo
hasta su casa.
Gross
sangraba por la nariz y se quejaba del dolor, tenía asegurado un ojo morado
para mañana por la mañana, y quién sabe cuantas cosas más. Lo levantaron
Ernesto y José, pararon un taxi que de casualidad y como caído del cielo pasó
justo por allí y en él se fueron los dos heridos.
Quedó solo
Ernesto limpiándose las manos en el pantalón y dispuesto a ir a dormir a casa
lo que quedaba de la noche para rendir su examen a la mañana siguiente.
Terminado el
circo, comenzó a abrirse paso entre la gente que quedaba, ya con la mente
enredada en sus cosas, en su rubia, en la noche buena para salir a andar, o
quien sabe, pensando en nada o mandando a la mierda a estos borrachos que no
tienen oficio y se creen súper hombres cuando el alcohol se les sube a la
cabeza.
Posiblemente
iría preguntándose en el porqué de la pelea, en cómo fueron a dar allí dentro,
cómo saberlo, en eso estaba cuando al salir a la esquina del mercado se dio de
frente con un gorila nuevo en el barrio, un boxeador profesional, de esos que
son el terror de todo el mundo, corpulento y desafiante, quien lo tomó del
brazo, y sin más, clavándole la mirada en los ojos, le soltó cual si fuese un
bofetón, una pregunta con sabor a afirmación.
-Con que tú
eres el famoso Ogro López. - Dijo burlón. Y continuó. –Sabes, me quiero caer a
los golpes contigo.
Sin perder
la compostura, ni huirle la mirada, Ernesto respondió al desafío con palabras
que le fluían como un seguro manantial del curso a seguir.
-Mira, en
primer lugar, cuando tú te refieras a mí me tratas de usted y de señor. Para ti
Señor López, entiendes.- Le dijo con voz templada y sin alterarse, y prosiguió
sin mostrar el menor temor en la mirada. -Si en verdad quieres pelear conmigo,
pues así sea, pero como entiendo que tú eres un caballero me permitirás
amarrarme el pasador del zapato antes de caernos a golpes. ¿De acuerdo?-
-Adelante.-
Respondió el fortachón, seguro de hacer puré a ese mocito que a duras penas le
llegaba al mentón y se veía frágil y delicado a su lado.
Ernesto puso
una rodilla en la acera, y fingiendo amarrar el cordón, agarró una piedra que
estaba a su alcance, le cabía perfectamente en la mano. No lo pensó dos veces.
Se incorporó. Lanzó la pierna derecha hacia atrás, como para soportarle el
peso, y sin decir nada lanzó un certero golpe a mano llena a la mandíbula del
gorila que apenas estaba cuadrándose para iniciar el combate.
Un solo
golpe bien calado fue suficiente para ver caer al King Kong desafiante al piso
cual un saco de patatas. Ernesto dio media vuelta y se marchó sin siquiera
percatarse del nuevo tumulto que se había iniciado a formar con la anunciada
pelea.
Al llegar a
la puerta de casa sintió que le dolía la mano, y sólo allí vino a caer en
cuenta que aún llevaba la piedra bien sujeta, y que era la presión que ejercía
sobre ella lo que le estaba produciendo esa sensación incómoda. Se deshizo de
ella de inmediato arrojándola al medio de la vía, y entró a la casa
presintiendo que la acogedora temperatura de la cama debía haberse perdido hace
rato y que ahora con la adrenalina al mil le costaría algo de trabajo dormirse
de inmediato y que a la mañana le iba a dar trabajo despertarse para ir puntual
al colegio.
Sonrió para
sí, mientras ingresaba al dormitorio, y entre dientes dijo al viento, mientras
lanzaba el pantalón a los pies de su cama de segundo piso. –Vaya nochecita, las
de Caín he paso...- Se metió en la cama y al poco se durmió profundamente.
Doña Luz lo
despertó, como todos los días de colegio, un cuarto para las seis, ignorando
aún los sobresaltos de la noche anterior. Cansado se levantó y fue a ducharse
mientras su madre preparaba el desayuno. Se calzó el uniforme, pantalón negro,
camisa blanca, corbata negra, igual que el pantalón, y el sweater verde olivo
con la insignia del colegio pegadita al pecho, sobre el corazón que le latía
tranquilo.
Desayunó
casi sin apuros, agarró la mochila con los útiles, se despidió de su madre y de
su padre, quién se apresuraba para no llegar tarde al trabajo, y bajó las
escaleras que daban a la puerta de calle pensando en el próximo examen,
repasando fórmulas y números en la cabeza como para ponerse adelante a los
acontecimientos que, ese día de sol y cielo despejado, se sucederían en poco
tiempo.
Abrió la
puerta, y a no bien salir a la luz, observó que desde la esquina, bajaba con
dos amigotes, el oso aquel que lo había retado a duelo la noche anterior. El
alma se le fue al suelo, una sensación de frío y vértigo se le clavó en el
cuerpo y le descendía por el pecho, los cojones, las piernas, los pies y se le
iba más allá de la suela de los zapatos.
Miró la
piedra en media calle, y solo pensó que de esta, no le salvaría ni el Papa, que
ahora, a la luz del día, y en la puerta de su casa, el gorila ese, lo haría
añicos, que lo rompería como papel periódico, y que nadie vendría a ayudarlo.
Se quedó
parado en la puerta sin saber que hacer, pensando en que bien podría
retroceder, entrar a casa y cerrar la puerta, dejarlo pasar y listo. Pero no,
mejor enfrentar lo que deba ser, además ya lo habían visto, pensó, y eso de ir
a meterse en las faldas de la madre como que no le pegaba.
Se quedó
parado esperando al gorila y a sus compinches, aguantando los nervios,
cagándose del miedo.
Cuando ellos
llegaron a su altura, el boxeador experimentado le lazó una ligera mirada a los
ojos y lo saludó con calmada voz. –Señor López. Cómo esta.- Y pasó de largo sin
esperar respuesta.
Se dejó caer
contra la puerta.
–Bien...
Bien... Atinó a decir, mientras soltaba el aire contenido en los pulmones y
dibujaba una sonrisa para sí, pensando que ese sería un buen día, un viernes de
lujo que nada ni nadie podrían ya echarlo a perder.
Se arregló
la corbata, frotó sus manos entre ellas, y marcho a cumplir su deber de
estudiante. Bajó a la acera con la frente en alto, como su padre le había
enseñado, y se perdió calle abajo entre la gente que a esa hora se apuraba por
no llegar tarde a la obligatoria rutina de ese último día de semana.
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